Ensayos — 28 julio, 2016 at 9:52 am

Thomas de Quincey: el palimpsesto

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Thomas de Quincey

Thomas de Quincey

Tal vez, lector masculino, sepas mejor de lo que yo pueda explicártelo qué cosa es un palimpsesto. Posiblemente tienes uno en tu propia biblioteca. No obstante, puesto que hay quienes no lo saben o lo han olvidado, permíteme explicarlo aquí: no vaya a ser que alguna lectora que honra estos artículos con su atención me acuse de faltar a una explicación que era necesaria, lo cual será más duro de soportar que las quejas, proferidas simultáneamente por doce orgullosos caballeros, de que mis explicaciones son tres veces excesivas. Advierte pues, bella lectora, que si explico el sentido de la palabra es única y exclusivamente por tu propia conveniencia. Se trata de una palabra griega y nuestro sexo disfruta del oficio y el privilegio de prestar asesoramiento al tuyo en todas las cuestiones relativas al griego. Somos, por favor especial, dragomanes perpetuos y hereditarios del sexo femenino. De manera que, si por casualidad conoces el sentido de una palabra griega, por cortesía a nosotros, tus ilustrados consultores en la materia, deberás aparentar que no la conoces.

Un palimpsesto, pues, es una membrana o rollo del que se borrado el manuscrito mediante reiteradas aplicaciones.

¿Cuál es la razón por la que griegos y romanos no contaban con la ventaja del libro impreso? Noventa y nueve personas sobre cien responderán: porque entonces no se había descubierto la imprenta. Se equivocan de medio a medio. El secreto de la imprenta debió descubrirse muchas veces antes de ser utilizado o de que fuera posible utilizarlo. El hombre posee facultades inventivas divinas, pero también es divina su estupidez, como lo demuestra con mucha gracia Cowper aduciendo la lenta evolución del sofá a través de sucesivas generaciones de inmortal torpeza. Varios siglos de idiotas hicieron falta para convertir al banco en una silla y luego, según la gente de más edad y juicio, algo así como el milagro del genio para que se revelase la posibilidad de alargar la silla hasta la chaise-longue o el sofá. Sí, esos inventos costaron tremendas convulsiones de poder intelectual. Pero en lo que toca a la imprenta el hombre, a pesar de su estulticia admirable, no se elevó a la altura de las circunstancias y fue incapaz de elegir algo que lo estaba mirando tan firme. No se requiere una inteligencia ateniense para leer el principal secreto de la imprenta en docenas de procesos que se repiten en los usos más comunes de la vida diaria. Para no hablar de artificios semejantes empleados en las diversas artes mecánicas, cualquier nación que haya acuñado monedas y medallas tiene que conocer, por fuerza, los aspectos fundamentales de la imprenta. Así pues, el obstáculo a la introducción de libros impresos, ya en la época de Pisístrato, no fue la falta del arte de la imprenta —o sea, el arte de multiplicar las impresiones— sino la falta de un material de bajo precio que recibiese dichas impresiones. En realidad los antiguos aplicaron la imprenta a la plata y el oro; no la aplicaron, en cambio, al mármol y a muchas otras sustancias de menor precio que el oro y la plata, puesto que cada monumento requería un esfuerzo de inscripción por separado. Fue sólo esta carencia de un material barato para recibir las impresiones lo que heló en sus propias fuentes los más tempranos recursos de la imprenta.

El Dr. Whately, actual arzobispo de Dublín, expuso lúcidamente esta opinión hará unos veinte años y creo que le corresponde el mérito de haber sido el primero en sugerirla. Ahora bien, la primigenia escasez de los materiales necesarios para fabricar un libro durable, que continuó hasta épocas relativamente modernas, fue la razón de ser de los palimpsestos. Como es natural, una vez que el rollo pergamino o de vitela había cumplido sus funciones, propagando durante muchas generaciones lo que alguna vez tuvo interés para ellas pero que, con los cambios de opinión o de gusto, se había vuelto ingrato a los sentimientos o inútil a los propósitos, toda esta membrana o piel de vitela, doble producto del ingenio humano, costoso material y costosa carga de pensamiento, perdió valor en consecuencia, suponiendo que ambos aspectos estuvieran asociados el uno al otro de modo indisoluble. En épocas pasadas la impresión de la mente humana selló con su valor la vitela; la vitela, aunque costosa, aportó tan sólo un elemento secundario de valor al resultado total. Al pasar el tiempo esta relación entre el vehículo y su carga se fue trastocando. La vitela, tras ser el engaste de la joya, acabó por convertirse en joya por sí misma, y la carga de pensamiento que diera el mayor valor a la vitela se transformó en la merma principal de su valor: más aún, anuló por completo el valor a menos de disociarse de la relación. En efecto, si la disociación es posible, tan pronto como se desvanezca lo escrito en la membrana, la propia membrana recobrará su importancia y, después de haber tenido un mero valor subsidiario, la piel de vitela absorbe, por fin, todo el valor.

Por eso era tan importante para nuestros antepasados que se efectuase la separación. Por eso, durante la Edad Media, una de las finalidades principales de la química fue suprimir la escritura del rollo y dejarlo disponible para una nueva sucesión de pensamientos. El suelo, limpio de lo que una vez fueron plantas de invernadero y ahora parecían malas hierbas, quedaría listo para recibir un cultivo nuevo y más apropiado. El químico monacal logró su propósito de una manera que se diría increíble, no por lo que toca al buen éxito alcanzado sino a las limitaciones tan sutiles que lo ceñían, tan cabalmente se ajusta el efecto conseguido a los intereses inmediatos de su época y a los designios contrarios de la nuestra. Hicieron lo que querían hacer, aunque no de modo tan radical como para impedirnos a nosotros, su posteridad, el deshacerlo. Expulsaron la escritura lo suficiente para dejar el campo a un nuevo manuscrito, pero no lo bastante para que las huellas del manuscrito más antiguo no fuesen irrecuperables. ¿Qué más hubieran podido conseguir la magia y Hermes Trimegisto? ¿Qué pensarías, bella lectora, de un problema como éste?: escribir un libro que tenga sentido para tu propia generación y no lo tenga para la próxima, cuyo sentido se reavive en la siguiente y vuelva a perderse en la cuarta, y así alternativamente, desapareciendo en la noche o resplandeciendo a la luz del día, como el Aretusa, río siciliano, o el Mole, río inglés, o como el movimiento de la piedra achatada que lanzan los muchachos rozando la piel del río, ya hundiéndose en el agua, ya tocando la superficie, sumergiéndose pesadamente en lo oscuro, surgiendo ligera a la luz, en una larga serie de alternancia. El problema, respondes, es imposible de resolver. En realidad no es más difícil que ordenar a una generación que mate, pero de manera que la generación siguiente devuelva a la vida; que sepulte a fin de que la posteridad mande levantarse otra vez. Sin embargo, esto fue lo que logró la tosca química de viejas edades al combinarse con la reacción de la química más refinada de nuestro tiempo. Si ellos hubieran sido mejores químicos, si nosotros lo hubiésemos sido peores, no se lograra el efecto mixto; o sea, que muriendo para ellos la flor reviviese para nosotros. Ellos alcanzaron lo que se habían propuesto; tuvieron éxito, ya que sobre sus resultados construyeron lo que querían, y sin embargo no lo tuvieron pues nosotros deshacemos su obra; borramos lo de encima, la inscripción que superpusieron; restauramos lo de abajo, lo que habían borrado.

He aquí, por ejemplo, un pergamino que contiene una tragedia griega, el Agamenón de Esquilo o Las fenicias de Eurípides. Estos textos, que a cada generación se volvían más raros, tuvieron un valor casi incalculable para los helenistas. Pero han pasado cuatro siglos de la destrucción del Imperio de Occidente. La cristiandad, con sus altísimas grandezas de otra índole, ha fundado un imperio distinto; algún monje fanático, y quizá santo, borra (está convencido) la tragedia pagana y la sustituye con una leyenda monástica; leyenda de incidentes desfigurados por las fábulas y, sin embargo, verdadera en su sentido más elevado, puesto que se halla entretejida con la moral cristiana y con la más sublime de las revelaciones cristianas. Durante tres, cuatro, cinco siglos, el hombre seguirá siendo tan devoto como antes; pero los idiomas se olvidan y una nueva época sobreviene hasta para la devoción cristiana, encauzándola en el celo de las cruzadas o el entusiasmo de la caballería. Ahora se escribe en la membrana un poema caballeresco: el Mío Cid o Corazón de León; Tristán o el Lybaeus Disconus. De esta manera, gracias a la química imperfecta de la época medieval, el mismo rollo ha servido para conservar tres generaciones distintas de flores y frutos, todas ellas diferentes entre sí y todas particularmente adaptadas a las necesidades de los sucesivos poseedores. La tragedia griega, la leyenda monacal, el poema caballeresco dominan cada uno su propia época. Una cosecha después de otra, recogidas en distintas edades, vinieron a acumularse en los hórreos del hombre, en las mismas fuentes de mármol, la misma maquinaria hidráulica repartió agua, leche y vino, según los usos y costumbres de las generaciones que acudían a calmar su sed.

[…]

¿Qué es el cerebro humano, si no un palimpsesto natural y poderoso? Mi cerebro es un palimpsesto; tu cerebro, ¡oh lector!, es un palimpsesto. Sobre tu cerebro han ido cayendo, con la suavidad de la luz, capaz de ideas, imágenes y sentimientos. Cada generación parece enterrar a todas las anteriores, aunque en realidad ninguna se haya extinguido.

 

 

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En Suspiria de profundis (Continuación de Las confesiones de un inglés comedor de opio), Thomas de Quincey. Trad. de Luis Loayza. Alianza Editorial, Madrid, 2008.

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