Entrevistas — 27 junio, 2016 at 11:39 am

Swann explicado por Proust

by
Marcel Proust

Marcel Proust

«Sólo publico un volumen, Por el camino de Swann, de una novela que tendrá como título general En busca del tiempo perdido. Hubiera querido publicarlo todo junto, pero ya no se editan obras en varios volúmenes. Soy como alguien que tiene una alfombra demasiado grande para las viviendas actuales y no tiene remedio que cortarla.

»Jóvenes escritores por los que siento simpatía preconizan por el contrario una acción breve con pocos personajes. No es la forma en que yo entiendo la novela. ¿Cómo explicarlo? Sabe que hay una geometría plana y una geometría en el espacio. Para mí, la novela no es únicamente psicología plana, sino psicología en el tiempo. He tratado de aislar esta sustancia invisible del tiempo, pero para hacerlo necesitaba una experiencia que pudiera durar. Espero que al final de mi libro un hecho social sin importancia, un matrimonio entre dos personas que en el primer volumen pertenecían a dos mundos muy diferentes, indicará que ha pasado el tiempo y adquirirá la belleza de algunos plomos patinados de Versalles, que el tiempo ha cubierto con una capa de esmeralda.

»Luego, como una ciudad que, mientras el tren sigue su camino zigzagueante, nos aparece a veces a la derecha y a veces a la izquierda, los distintos aspectos que un mismo personaje toma a los ojos de otro, hasta el punto de que parecen personajes sucesivos y diferentes, darán —únicamente por esta razón— la sensación del tiempo transcurrido. Estos personajes resultarán ser más tarde distintos de lo que son en el volumen actual, diferentes de lo que creemos que son, como ocurre a menudo en la vida, por otra parte.

»No sólo reaparecerán los mismos personajes a lo largo de esta obra con diferentes aspectos, como en algunos ciclos de Balzac, sino en un mismo personaje —nos dice monsieur Proust— algunas impresiones profundas, casi inconscientes.

»Desde este punto de vista —prosigue monsieur Proust— mi libro sería quizá como un ensayo de una serie de “novelas del inconsciente”: no me avergonzaría llamarlas “novelas bergsonianas” si creyera que lo son, pues en todas las épocas la literatura ha tratado de vincularse —a posteriori, naturalmente— a la filosofía imperante. Pero no sería exacto, pues mi obra está dominada por la distinción entre memoria involuntaria y memoria voluntaria, distinción que no sólo no aparece en la filosofía de Bergson, sino que además es contradictoria con ella.

»—¿Cómo establece esta distinción?

»—Para mí, la memoria voluntaria, que es sobre todo una memoria de la inteligencia y de los ojos, sólo nos da del pasado aspectos sin veracidad, pero si un olor, un sabor recuperados en circunstancias muy diferentes, despiertan en nosotros a nuestro pesar el pasado, nos damos cuenta de hasta qué punto este pasado era diferente de lo que creíamos recordar, lo que dibujaba nuestra memoria voluntaria, como los malos pintores, con colores sin veracidad. En este primer volumen, el narrador, que habla en primera persona (y que no soy yo) recupera de repente años, jardines, seres olvidados en el sabor de un sorbo de té en el que ha mojado un trozo de magdalena; sin duda lo recordaba todo, pero sin color, sin encanto. He podido hacerle decir que, como en el juego japonés en el que sumergimos tenues bolas de papel que, una vez dentro de la taza, se estiran, se retuercen y se convierten en flores y personajes, todas las flores de su jardín y los nenúfares del Vivonne, y la buena gente del pueblo, y las casitas, la iglesia y todo Combray y sus alrededores, todo ello toma forma, se vuelve sólido y brota, con la ciudad y los jardines, de la taza de té.

»Yo creo que el artista sólo debería pedir a los recuerdos involuntarios la materia prima de su obra. En primer lugar, precisamente porque son involuntarios, se forman solos, atraídos por una semejanza de un instante, tienen un cuño de autenticidad. Además, nos devuelven las cosas en una dosificación exacta de la memoria y del olvido. Finalmente, como nos hacen saborear la misma sensación en circunstancias muy diferentes, la liberan de toda contingencia, nos devuelven su esencia extratemporal, que es precisamente el contenido de la belleza del estilo, esta verdad universal y necesaria que sólo traduce precisamente la belleza del estilo.

»Si me permito razonar así sobre mi libro —prosigue monsieur Proust— es porque no es en modo alguno una obra de razonamiento, porque sus menores elementos proceden de mi sensibilidad, porque los he percibido ante todo en el fondo de mí mismo, sin comprenderlos, porque me ha costado tanto esfuerzo convertirlos en algo inteligible como si hubieran sido tan ajenos al mundo de la inteligencia como… ¿cómo expresarlo? un motivo musical. Me parece que piensan que se trata de sutilezas. ¡Oh, no! ¡Todo lo contrario! Les aseguro que se trata de realidades. Lo que no hemos tenido que aclarar personalmente, porque estaba claro ya (por ejemplo, ideas lógicas) no es realmente nuestro, ni siquiera sabemos si es real. Son sólo “potencialidades” que elegimos arbitrariamente. Además, sabe usted, es algo que se ve inmediatamente en el estilo.

»El estilo no es un embellecimiento en modo alguno, como creen algunas personas, ni siquiera es un problema de técnica, es —como el color en los pintores— una cualidad de la visión, una revelación del universo particular que ve cada uno de nosotros y que no ven los demás. El placer que nos procura un artista es el de darnos a conocer un universo más».

 

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En Días de lectura, Marcel Proust. Trad. de Alicia Martorell y Núria Petit Fontseré. Taurus, Buenos Aires, 2013.

 

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