Ensayos, Reseñas — 1 febrero, 2017 at 12:10 am

Stefan Zweig: «Pour Ramuz!»

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Stefan Zweig

Stefan Zweig

Cuando un artista de alto rango reduce de propósito su creatividad a una esfera pequeña, a un pequeño círculo delimitado por la propia voluntad, ese círculo puede representar para su obra una elevada ganancia o un gran peligro.

De por sí, la concentración, la sobria confluencia de todas las fuerzas creativas en una única esfera vital, significa ganancia. Con ello el artista escapa al peligro de la atomización, de la dispersión, de la visión o configuración difusa y confusa, porque siempre clava su mirada exclusivamente en una misma distancia, porque gracias a esa óptica regulada ve sus objetos de un modo simétrico y correcto, porque en una experiencia repetida de continuo sus conocimientos se aseguran en tal esfera, a la vez que sus observaciones se agudizan y completan. Es César y señor en su propio territorio, y, como sólo se mueve en una misma atmósfera de la vida espiritual y nunca abandona su reino asegurado por una exploración temeraria, no está tan expuesto a las tensiones barométricas y a las crisis tormentosas del alma como el artista vagabundo y nómada, que eternamente anda a la búsqueda incansable de otra cosa. Entre tanto, y a diferencia de quien convierte todo el mundo presente y pasado en su coto de caza, el artista limitado que cultiva el suyo con la paciencia, la tenacidad, el conocimiento objetivo y la fuerza obstinada de un campesino gana en intensidad lo que pierde en extensión.

Pero cada especialización, cualquiera que sea su ámbito, comporta un peligro, y quien ha decidido vivir y considerar el mundo únicamente como un microcosmos, es fácil que como artista pueda perder el sentimiento de proporción ya que, habituado como está al campo visual de su estrecho marco, otorga a lo pequeño una grandeza de alcance universal, confundiendo lo banal con lo singular y lo cotidiano con lo interesante, a la vez que olvida, como el especialista de cualquier ciencia, que el mundo de su especialidad personal no coincide con el mundo de la realidad absoluta. Donde su mirada experta y habituada a las matizaciones microscópicas todavía percibe diversidad y grados de sombra, los demás no ven más que un gris monótono, y mientras él cree estar escribiendo un libro tras otro, los demás ven siempre el mismo; cuando él cree introducir variaciones, los demás no perciben más que monotonía. Quien como artista se reserva un pequeño círculo vital, que resueltamente no sobrepasa, ha de esperar de antemano que el gran mundo, que él desprecia con el alejamiento y la indiferencia, sólo le valore como algo indiferente o en el mejor de los casos como algo curioso: quien no le da amor al mundo, poco amor puede esperar de él.

Eso sería lo lógico. Pero el gran arte siempre es más fuerte que las leyes de la razón y más sensato que la lógica; y se afirma en cada una de sus formas, hasta las más apartadas, a través de un misterio, que por serlo no se puede aprender ni transmitir. Sin duda que el escritor C.-F. Ramuz es de todos los grandes escritores de nuestro tiempo el que quizá de forma más enérgica y consciente ha optado por esa delimitación voluntaria y hasta reducida al máximo del horizonte vital. Su obra —vista desde la pura realidad espacial, no en sus dimensiones espirituales— no sobrepasa las fronteras de un pequeño cantón suizo, y dentro de ese cantón, aun ha situado cuidadosamente las montañas alrededor de su estrecho valle. Su elección también tamiza a su vez los estratos sociales; el burgués, el fabricante, el comerciante apenas entran en su campo visual. Sólo el campesino, el hombre del terruño, el hombre primitivo y elemental, constituye su humanidad. Ni siquiera el paisaje que elige es especialmente romántico, especialmente patético; Ramuz parece representar ese especial placer dentro del placer creativo trabajando siempre sobre un material áspero y resistente. Su inclinación peculiar está precisamente en sacar de lo más vulgar lo más extraordinario, la chispa más refulgente de la piedra más dura, y tiene el valor de alcanzar el límite más alejado en su predilección por lo difícil. Gusta a ciencia y conciencia de ponérselo difícil. Se aparta de lo melodramático, huye aterrado con verdadero pánico de lo sentimental como de una víbora, evita todas las excitaciones y tensiones sensibles como demasiado baratas; sus temas apenas si son realmente más que faits divers sublimados, como los designa de modo breve y escueto en el habla cantonal. O, lo que es lo mismo, los sucesos cotidianos, que su pasión intenta hacer únicos. A decir verdad, el resultado de semejante afán tenaz y persistente por agotar un paisaje, una esfera limitada, tenía que ser por tanto el cansancio, el agotamiento, y que el lector acabara diciendo: ¡Basta ya del cantoncillo de marras, basta ya del dichoso pueblecito! Todo ello presentado de una manera folclórica muy interesante y enérgica. Pero ahora basta ya de campesinos de Vaud, ya me lo sé todo, ya me lo sé.

ramuz

Charles-Ferdinand Ramuz (Suiza, 1878 – 1947)

Y así las cosas, ¿cómo ha superado C.-F. Ramuz el peligro de la monotonía, de la repetición y del puro cansancio material? Su secreto no tiene nada de nuevo ni de especial; es lo que tiene de eterno y único el artista: la intensidad interior. En un nivel alto, o mejor en el nivel supremo del arte, ya no hay cosas ni objetos, contenidos ni temas, sino únicamente la pura maestría, a la que deja casi de lado el que un tema en el mundo terreno se presente de una manera más o menos banal o sutil, porque justamente es la maestría de la exposición la que levanta la vigencia terrena del «sujeto» o tema a una esfera superior, la de la perfección (la única que cuenta en definitiva). Las botas gastadas del campesino que Van Gogh pintó, un árbol de Hobbema, la violeta de Durero, una manzana de Cézanne, todos esos objetos radicalmente banales cobran intensidad a través de una dinámica superior, como si se tratase de una presión sanguínea mayor y tan intensa que ya no vemos en modo alguno lo trivial del objeto sino el milagro de su intensificación. De la misma manera también resulta secundario que los campesinos de Ramuz sean hombres duros y torpes, y que yo personalmente me ahogaría si hubiera de vivir de modo permanente dentro de aquella cadena de montañas. No cuenta quiénes son, sino lo que Ramuz hace de ellos, las fuerzas que en ellos suscita o instala. Al comienzo de sus libros, todos caminan con paso pesado, e imaginamos ya que no los acompañaremos mucho tiempo; pero poco a poco irradia de ellos un fuerte atractivo, se los siente empujados por un destino inflexible o enfrentados a un destino preciso. Se desprenden de lo banal, de lo normal, como de una corteza, y aparece su interioridad transparente como un río de fuego. Pero que la intensificación de esas naturalezas rudas no es algo parecido a una técnica, una elevación intencionada a un nivel psíquico superior, sino que Ramuz con su mirada penetrante intensifica cuanto sus ojos perciben; que ese mirar y remirar, esa labor elevadora y dinamizante es en él una función originaria del alma, su primitiva fuerza creativa, lo demuestra el hecho de que su mirada ejerce una acción igualmente vivificadora incluso sobre lo (aparentemente) inanimado, sobre la misma naturaleza física. Una novela como El gran miedo en la montaña es más la novela del alma de una montaña que la de un hombre, el mito moderno de un paisaje considerado por todos los demás como insignificante y no mencionado en ninguna guía suiza de viajes. Ramuz tiene fuego en la mirada, el fuego en el que lo duro se funde y ablanda, lo anquilosado fermenta y asciende, lo aparentemente muerto revive y lo sombrío y oscuro arde de repente en un resplandor mágico. Verdadera mirada de un poeta, de un creador, la mirada demiúrgica que re-crea el mundo de continuo.

A ello se suma además el arte de ser económico con su genio sin dilapidarlo, de convertir lo simple en sublime y lo sublime en simple. Busca un efecto de profundidad y no de superficie, de densidad más que de extensión; no quiere cansar con descripciones superfluas como los escritores nórdicos, sino que utiliza el lenguaje con sólida parsimonia suiza, y gracias precisamente a esa tensión y parquedad en la prosa puede a su vez elevar el tono hasta la esfera del poema. Esa curiosa mezcla de contención y entrega, de conocimiento artístico y de fuerza primitiva se me antoja el secreto más hermoso de su obra, y el que le asegura la fiel admiración de sus camaradas y el cariño de sus lectores.

 

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De “El legado de Europa” / Texto tomado del Hommage à Ramuz. Zum 60. Geburtstag, Lausana, V. Porchet & Cie, 1938

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