Ensayos, La casa — 26 agosto, 2017 at 9:54 am

Sobre el éxito y el fracaso en literatura

by

Libros

No es exagerado decir que el éxito y la fama, en literatura, muchas veces son el producto de un malentendido; que las mejores obras, las más abismales, si no llevan consigo el arraigo de una previa reputación, son un riesgo editorial o representan un enorme costo para el autor que sabe tener agallas. Y aunque ciertos lectores y escritores prefieran abiertamente la obra breve, concisa y por tanto “acabada”, ignoremos las razones[1], lo cierto es que nadie, absolutamente nadie, tiene el derecho de reclamarle al autor del proyecto el trabajar y desear la obra infinita, el libro total, el libro inacabado e inacabable. Por eso, nos resulta curioso leer en un pasaje de la última obra de Roberto Bolaño, 2666, lo que sigue en una reflexión a propósito de los gustos literarios de un joven lector por las obras breves y perfectas, a saber del texto: «Resultaba revelador el gusto de este joven farmacéutico ilustrado, que tal vez en otra vida fue Trakl o que tal vez en ésta aún le estaba deparado escribir poemas tan desesperados como su lejano colega austriaco, que prefería claramente, sin discusión, la obra menor a la obra mayor. Escogía La metamorfosis en lugar de El proceso, escogía Bartleby en lugar de Moby Dick, escogía Un corazón simple en lugar de Bouvard y Pécuchet, y Un cuento de Navidad en lugar de Historia de dos ciudades o de El Club Pickwick. Qué triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros.»

El problema de las grandes obras, las abismales, es que casi siempre son póstumas. Es decir, su éxito es póstumo; su comprensión y su apreciación son un trabajo tardío en el que la esperanza del reconocimiento o la injusticia de la ignominia de ese impagable autor que se ha privado de una vida normal, que ha dejado la familia por la obra o ha dejado el acomodo de la vida por el constante trabajo (porque la mediocre comodidad de la vida no es compatible con la auténtica vida artística), llegan tantos años después, cuando el artífice de sus texturas y colores, de sus páginas vivas y letras de fuego, ya ha partido en dirección al Leteo. El escritor de oficio lo sabe, de ahí que el único pago que tenga por su labor sea, en lo inmediato, lo que pregonaban aquellos antiguos filósofos, la virtud que se paga a sí misma, o lo que bien se dice: que el premio a la virtud es ejecutarla.

El fracaso en la literatura, en lo externo de la literatura, es tan normal como de corriente es sobrevalorar obras que no se lo merecen. “La derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece”, decía el poeta que fue bibliotecario, y nos revelará el camino. A Proust rechazó un manuscrito André Gide con la excusa de que hablaba demasiado de duquesas (luego se arrepintió y lo vindicó, lo cual se aplaude); a Vallejo denostó Clemente Palma por supuesta cursilería; a Flaubert, aunque lo apreciase, le objetó su Salambó el eminente Sainte-Beuve; a Balzac, genio incomparable de la novela, el mismo Flaubert —por boca de uno de sus personajes— calificó de “genio de segundo orden”; al mismo Sainte-Beuve, Proust dedicó una invectiva libresca y, como observamos, no se salvan ni los grandes de las observaciones de otros grandes, pues tales opiniones, aunque disgusten a los fanáticos de una u otra escuela, no dejan de ser más o menos una realidad intelectual a considerar. La lista es amplia, es verdad, pero basta con aquellos ejemplos. En cuanto a la realidad de las obras mismas y su cuota en los hilos del fracaso o el éxito humanos, es innegable que, de la misma forma en que el éxito rutinario y corriente de ciertas personas que pagan su cuota genuflexa al sistema, como otros que encarnan y llaman éxito al arribismo, nos asquean sobremanera con sus pocas miras, los personajes honestos, aunque fueran oscos y locos como el Kirillov de Dostoievski, nos agradan aún en el fracaso más que en el poco atractivo de eso que la gente suele llamar “éxito” (la palabra es fea, hay que decirlo). A Jorge Edwards le parecían más atractivos los personajes que fracasan a los que triunfan, pues, hemos de suponer, el fracaso de los personajes trae consigo más lecturas que el simple éxito. Y es que el fracaso, en literatura, es tan incomprendido que resulta nocivo a mentes estrechas y de pocas luces por el simple hecho de parecer algo malo, cuando, en el fondo, así como el tema del mal en la literatura no hace más que reivindicar el tema del bien, el fracaso en literatura nos recuerda la sutileza con que Dios, por ventura de la gran comedia que escribe en los tiempos cósmicos, nos depara un triunfo final e irrevocable.

La crítica del momento, la repercusión mediática de las revistas y otros elementos que empujan el malentendido literario pueden, si se quiere dar concesiones a los que lo alaban todo, edificar la ilusa creencia del éxito literario y representarla no en un obelisco resistente a las épocas, sino en una torre de enervado cristal. No queremos generar zozobra, pero ya T. S. Eliot, gran poeta y ordenador de libros, nos advierte que para juzgar adecuadamente una obra, al menos debemos esperar dos generaciones y, siendo así las cosas, si al crítico le corresponde un trabajo arduo en el que el tiempo puede o no darle la razón, al lector le corresponde leer con sed pero con cautela, es decir, con juicio sobre lo que bebe antes que con la vanidad del mero devorador.

El éxito literario es incierto, intrincados sus caminos y engañoso su destino y, dado que en la naturaleza nada es perfecto en todos sus aspectos (salvo Dios), incluso el mismo juez infalible para muchos, el señor Tiempo, suele equivocarse (lo creo yo); pero escribir pensando en ello es un despropósito y una aberración. Escribir bajo los auspicios de la fama y el éxito es una negación, una falta de respeto al “oficio de vivir”, un vergonzoso oprobio contra ese l’art pour l’art que tanta dignidad y romance le da al trabajo del artista y el intelectual. Porque, al entrar la obra literaria al limbo de la generación, puede exhibir sus riquezas sin el temor al rechazo, claro, si otros impulsos nobles y propios del verdadero artista los ha guiado. El público lee y no lee obras de autores; tanto si elogia o condena un trabajo, no le corresponde el porvenir; tal vez no tenemos el derecho de elogiar o condenar tan fácilmente un producto nuevo (a condición de su irrevocable calidad), de modo que el fracaso es también un malentendido. El doctor Johnson decía que el enconarse al pensar en lo que todavía no ha llegado es tarea de imprudentes, y del mismo modo en que un hombre sensato espera y sopesa el fruto de su trabajo, sea el que sea, el escritor aguarda más el resultado de sus juicios en relación con su obra que el éxito o fracaso de la misma. Espera el cambio de sus aptitudes, la pulidez de su visión, su mejora; espera el asentamiento de sus mejores ideas, la adecuada pintura de sus retratos en sus páginas y la compleja sencillez que dan los años; espera, como Joyce, fundirse en su obra; espera leer más meritorios libros que nutran y ensanchen su alma, no que la acorten y replieguen en la conformidad; espera aprender a ser más que él mismo. No espera el éxito; espera el fracaso.

[1] En este punto hay que señalar que una obra abismal, imperfecta o torrencial (como las llama Bolaño) no es necesariamente un libro de muchísimas páginas, pues hay ciertamente obras que, teniendo poca extensión, son el tipo de obras que perfectamente “abren en lo desconocido”. No olvidemos, asimismo, que algunas obras breves son el trabajo de muchísimos años; por tanto, al pensar que su esmero y larga corrección pueden obedecer —como a otras razones— al supuesto de sus imperfecciones, podemos decir que tienen el derecho a ser consideradas también obras “torrenciales” y hasta, tal vez, libros totales.

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

shared on wplocker.com