Ocio, Reseñas, Tiras cómicas — 5 agosto, 2016 at 2:02 pm

Proust y Joyce en París: un encuentro anticlimático

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Marcel Proust y James Joyce se encontraron la madrugada del 19 de mayo de 1922 en el Hotel Majestic, en París, donde se celebraba una reunión más o menos galante y pomposa en honor de Igor Stravinsky y otros personajes de la música y las artes escénicas que apenas unas horas antes, la noche del 18, habían estrenado en el Teatro de la Ópera un divertimento musical y dancístico llamado Renard (“Zorro”). La organización de la velada corrió a cargo de un matrimonio cuyo mejor talento, según parece, fue codearse con las personalidades del demi-monde de entonces, granjearse la amistad o el aprecio de los artistas avencindados en la capital francesa en tiempos de la diáspora provocada por la Primera guerra mundial y otros conflictos bélicos y sociales librados en Europa en esas primeras décadas del siglo XX. Por eso aquella noche, además de Stravinsky, Proust y Joyce, también asistió Pablo Picasso, a quien, se dice, se quiso comprometer para que pintara un retrato de Proust, sin éxito, porque por alguna razón sobre dicha velada pesó desde el inicio una especie de sombra funesta que todo lo estropeaba. Picasso no accedió a sentar a Proust delante de su caballete. Proust intentó hablar con Stravinsky y, como se dice, para romper el hielo, comenzó hablándole de Beethoven, pero Stravinsky replicó, acaso con sequedad o dureza, diciendo que detestaba a Beethoven (Proust, perseverante, no se arredró: «—Pero, caro maestro, seguramente las últimas sonatas y los últimos cuartetos… —¡Incluso más que el resto!»). Más tarde, cuando por fin coincidieron Proust y Joyce (el motivo secreto de Violet y Sydney Schiff, más que agasajar a Stravinsky y sus amigos), sus intercambios verbales fueron más bien pedestres y mundanos y, para pesar de todos los circundantes, carentes de la más ínfima partícula de inmortalidad.

Para el momento en que Proust apareció en el Majestic, a eso de las dos de la mañana, Joyce estaba ya completamente borracho, quizá porque llevaba tres o cuatro horas bebiendo champagne con entusiasmo y avidez, quizá porque, como se dice aquí, borracho estaba ya cuando llegó a la fiesta. Sea como fuere, el caso es que esta sola circunstancia, juzgada a la distancia, predispuso el desencuentro entre ambos. No hace falta ser Joyce para, ebrio, rehuir la plática con un recién llegado, ni tampoco hace falta ser Proust para entender que poco o nada se puede sacar de la atolondrada conversación de un ebrio. El sobrio y el ebrio se aburren o se repugnan mutuamente y en viceversa.

Dice el escritor argentino Tomás Eloy Martínez, narrando también a partir de otras fuentes, que existen al menos seis versiones distintas sobre lo que Proust y Joyce hablaron entre sí, todas insípidas, todas triviales, todas fallidas. En consideración del propio Joyce, la palabra que dominó su anticlimático diálogo fue “no”. Proust le preguntó si le gustaban las trufas servidas esa noche, Joyce respondió que no. Proust le preguntó si conocía a uno o dos aristócratas de entonces, Joyce respondió que no; Mme. Schiff, seguramente tensa y angustiada al ver malograda la intención principal de la reunión, intentó mediar entre ambos y preguntó a Proust si conocía o había leído el Ulysses o siquiera alguno de sus capítulos, y Proust respondió que no. «La situación era insoportable», dijo alguna vez Joyce recordando el suceso.

Sin embargo, más allá de la evocación o la reseña didáctica, este incidente también nos permite reflexionar un poco en torno al concepto en que el gran público tiene al escritor.

La gente común y corriente, la gente que no escribe, la gente que piensa la escritura más como un talento que como una necesidad, tiende a considerar al escritor como un ser un poco extraordinario, uno con una cualidad especial que lo hace mejor o superior al resto, a la medianía que supuestamente lo ensalza y bebe de su boca palabras de sabiduría o de genialidad. Del escritor se espera siempre el vocablo preciso, la frase memorable, el apotegma último que remate una situación célebre destinada a repetirse y glosarse en los corrillos y los libros de historia y los anecdotarios de la vida más allá de la literatura. Se piensa además que el escritor es siempre el mismo, que no hay diferencia de temperamentos y talantes, de aptitudes y preferencias, que daría lo mismo hablar con Kafka que con Cervantes, con Faulkner que con Nabokov y que, en el mismo sentido, si se juntan dos escritores, ipso facto se llevarán bien y comenzarán a hablar entre sí y a hilar un diálogo supremo digno de transcribirse y conservarse para el regocijo y la ilustración de las generaciones presentes y futuras.

Pero, como lo demuestra un poco esa reunión del Majestic, lo cierto es que fuera del lugar y el momento en el que escribe, el escritor es un ser como tantos otros, uno bastante común y corriente y quizá tan aburguesado, tan hecho a la época en que vive, a sus manías y sus trivialidades, como ese matrimonio Schiff cuya ridícula frivolidad les hizo esperar de la entrevista Joyce-Proust una colisión cósmica o titánica, un tête-à-tête exultante y henchido de ingenio y lucidez incomparables, y al mismo tiempo los exhibió en su esnobismo más naïf al ocultarles la evidente disparidad entre ambos y las muchas circunstancias que volvieron inevitable el de por sí previsible desencuentro.

Cómo no recordar, con estos antecedentes, uno de los últimos cuentos de Borges, «La memoria de Shakespeare», incluido en el tomo homónimo. En la narración, un especialista en Shakespeare, un soso académico alemán, recibe de un personaje enigmático la memoria del poeta inglés a través de un conjuro simplón y una ceremonia insulsa, no obstante, eso que al principio creyó un tesoro precioso e invaluable, con el tiempo se le revela anodino y al final amenazante para su propia razón e integridad personal. Como bien apunta Juan Villoro, el cuento se propone, principalmente, mostrar que «escribir como Shakespeare es una desmesura, ser Shakespeare es banal».

En cierto sentido podría pensarse que Borges intentó nombrar eso que en el desencuentro Proust-Joyce quedó suelto y sin nombre, sujeto al vaivén de los gestos y los silencios incómodos y las negativas rotundas, de los rumores y los cuchicheos, de la anécdota y la tergiversación: el abismo interior existente entre el creador y el ser humano, entre el artista y el hombre, entre ese exceso del sujeto que, a la manera lacaniana, “en él es más que él mismo”, y el sujeto a secas, sumido en sus miserias y su podredumbre, enfangado y recubierto del limo y los afanes del mundo.

 

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Por Juan Pablo Carrilo Hernández (07/18/2011)

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