La casa — 20 junio, 2017 at 10:30 am

Nosotros: A propósito de una distopía

by
Nosotros, Zamiátin (Akal, 2012)

Nosotros, Zamiátin (Akal, 2012)

Desde que en 1920 se escribiera la novela de Evgueni I. Zamiátin que, en toda regla, inaugura el género de novela antiutópica o simplemente —así la llamaré yo— distópica, han sobrevenido otras obras similares que teniendo igual, peor o mejor mérito expositivo, por alguna razón son hoy más famosas que esta obra germinal.

Nosotros (Akal, 2012) está escrita como un diario cuyo protagonista, D-503, va narrando el acontecer social de un mundo aparentemente racional y casi ideal. En Nosotros, en efecto, los estados desaparecen y el régimen se reduce a un Estado Único en el que casi se ha alcanzado la “felicidad” al convertir a los antiguos individuos en números amantes de la racionalidad, la elección de un solo candidato, la organización de un trabajo eficiente, la promiscuidad y el derecho como forma de poder en sí, un derecho en el que prima el axioma principal de que el Estado Único y nadie más tiene verdadero derecho, mientras que los demás “números”, en cuanto tales, sólo tienen deberes para con la gran maquinaria. La civilización está separada del “mundo salvaje y verde” por un muro en el que, esporádicamente, algunos disidentes secretos se inmiscuyen a vivir como lo hacían los antiguos y son, considerados por este sistema, enemigos de la felicidad, números subversivos por amar la libertad de los antiguos. El soporte ideológico de la novela de Zamiátin puede reposar en los siguientes silogismos: En un Estado perfecto, sólo la no-libertad es la felicidad; la ausencia de voluntad y deseo, la felicidad; el estado perfecto suprime la libertad y la voluntad para “librarnos” del crimen y la disidencia. Conclusión: lo puramente humano es malo; lo no-humano, o sea lo inhumano, es bueno. Y tales apariencias se condicen perfectamente con el juicio de su Benefactor: «¿Con qué sueña [la gente] desde la cuna? Con alguien que les diga de una vez por todas en qué consiste la felicidad y que luego les encadene a ella.»

De excelente prólogo a Nosotros, Sergio Hernández-Ranera advierte que, aunque esta distopía parezca más una denuncia contra un totalitarismo de corte estalinista, un examen sociológico de sus alcances aún está vigente, y en otra forma de totalitarismo de maneras soporíferas más sutiles: la globalización. Orwell, autor de la célebre novela 1984, prefiere la antiutopía de Zamiátin a la fábula de Huxley; dice que al establecer bien los intereses para mantenerse en el poder, al demostrar el lado irracional de sus mecanismos, el primero pinta mejor los totalitarismos que el segundo[1]. Contrario al análisis de Orwell, considero que Un mundo feliz, de entre el ramillete de novelas antiutópicas, es la más profética y la que mejor luce su mérito estético[2] (aspecto casi nulo en este tipo de novelas), pues quienes detentan el poder aquí —que bien podrían ser los dirigentes ideales sobre los que escribe el Shigaliov de Dostoievski[3], es decir, los únicos que sufrirán y conocerán el deseo y la sensación—, conocedores de Shakespeare y otros autores sublimes de la antigüedad, pretenden que el hombre del mundo feliz no necesita de sentimientos profundos ni grandes emociones, programándolos desde infantes de formas aun más sutiles mediante condicionamientos que, irónicamente, les hace amar artificialmente su esclavitud y olvidar, al mismo tiempo, que son seres individuales para finalmente, por este mismo medio, hacer que implícitamente desprecien lo sesudo y pensante, lo diferente, lo que repiensa el orden establecido, al que considerarán “subversivo” como hoy hacen miles de anémicos mentales llamados ciudadanos cuando, al presentárseles ideas que examinan la sociedad y el abusivo orden que representa, han aprendido a amar un statu quo nacional en el que, como en la novela de Zamiátin, nos imponen candidatos mediocres y de siempre para dudosas elecciones y hasta a veces, como lo he visto personalmente en la universidad, suele haber un solo candidato para la elección “democrática” de un cargo; o, haciendo similitud con en el Fahrenheit 451 de Bradbury, ladrones de saco y corbata, parlamentarios, haciendo de los bomberos de esta fábula al condenar libros cuyo contenido desconocen y que, ¡valiente la ironía actual!, estigmatizan solamente porque los escribieron autores de ese cuco incomprendido llamado Izquierda, lo cual inevitablemente nos hace pensar que si esas personas que se creen defensores de la democracia leyeran hoy obras como La República de Platón o la Utopía de Sir Thomas More, el contenido les daría en sus narices el anhelo por una sociedad de “comunidad” e igualdad, y así, tendrían que decir que Platón, More y hasta Cristo son personajes “subversivos”; o como el moderno soma del “mundo feliz”: la televisión y los diarios de espectáculos, los supermercados, las salas de cine comercial y todo tipo de consumismo letárgico que el hombre de hoy adora; y por último, recordando las advertencias de 1984 y haciendo relación, los supuestos datos estadísticos que indican que la pobreza se ha reducido sustancialmente, que la atención en salud, vivienda y seguridad social avanzan muy bien; en otras palabras, mera estadística indicando que hoy el hombre es más feliz. ¡Como si una dudosa estadística, que bien puede ser manipulada como en la obra aludida, pudiera definir el progreso o la podredumbre del hombre de hoy!

Aunque debía escribir solamente sobre la obra de Zamiátin, era imposible no abordar obras similares. Las distopías en literatura, siendo experiencias que parecen fantásticas e irreales, terminan siendo un tópico y hasta un lugar común del pensamiento si nos basta un mínimo de atención al contemplar las sociedades actuales[4]. Ciertamente, no es una revelación decir que la sociedad se hace cada vez más impersonal, que en la ilusión de creer que la virtualidad nos ha conectado más, en realidad encontramos la absoluta soledad y la falta de comunicación; no es algo difícil de ver. No es complicado observar hoy las profecías de los Zamiátin, Huxley, Orwell o Bradbury. A veces las personas necesitan que les expliquen lo obvio. Y si en esta somnolencia colectiva tenemos al “hombre-feliz”, al “hombre-mecánico”, al “hombre-serie”, al “hombre-nada” y, finalmente, al “hombre-masa”, esos seres “normales”, uniformizados y unidimensionales que ciertamente describe, inmejorable, Erich Fromm[5], probablemente el futuro nos depare algo peor que, a guisa de las buenas distopías, sabrá hacernos creer que es lo mejor. Tal es el engaño que vivimos hoy.

 

 

 

 

 

 

 

[1] Opinión, por lo demás, innecesaria, ya que el mismo Huxley —en Nueva visita a Un Mundo feliz, 1958— nos recuerda las obvias diferencias entre la fábula de Orwell y la suya, a saber, que la sociedad pintada en 1984 está regulada casi estrictamente por el castigo y el miedo que éste inspira, donde, vistas las cosas de este modo, es hasta innecesario aquel método del “doblepensar” y aquellas argucias en las que se manipulan los datos que interpretan los índices de la realidad si, teniendo una población controlada por el terror, con distorsión de los datos de la sociedad o no igualmente se les tiene sometidos merced al poder, mientras que la sociedad descrita por Huxley casi no castiga ni inspira temor y, en cambio, controla mediante manipulaciones no violentas y métodos psicológicos que alientan la “conducta deseable” de esos seres informes que se han olvidado de pensar; y también, desde luego, mediante la eugenesia. Las dictaduras totalitarias, pues, son bien descritas en 1984; pero, como va el mundo actualmente, Un mundo feliz ha sabido ser mejor oráculo que la fábula de Orwell al demostrar que se pueden crear totalitarismos y dictaduras sin que aparezcan casi la violencia y el terror.

[2] El mérito puramente estético de las novelas antiutópicas es escaso, y no lo digo con ánimos de menospreciar un tipo de novela que, ante todo, he de suponer se escriben para denunciar satíricamente los desvaríos y abusos que cometen los estados; que, por eso mismo, el mérito principal y acaso único de este tipo de novelas, sea el sociológico, de temas importantes desde luego si consideramos los absurdos de la sociedad. No se me malinterprete, pues estos autores, fuera de este subgénero de la novela, pueden ser geniales en lo estético; un ejemplo perfecto es Anthony Burgess: fuera de La naranja mecánica, el resto de sus obras son harto superiores y estéticamente a veces un monumento a seguir.

[3] En Los demonios, Shigaliov (que forma parte de una célula ideológica) escribe un libro que pretende solucionar para siempre los problemas de organización social y económica de la civilización. En este libro ficticio, entre otras ideas, se dice que los dirigentes que darán vida a estas ideas, mártires ellos, serán los únicos que padecerán del sufrimiento del deseo y la emoción, mientras que el resto, el rebaño, verán suprimidas estas cualidades humanas en favor de su felicidad. Los dirigentes de la novela de Huxley, aunque no a cabalidad, cumplen en parte la profecía del personaje de Dostoievski. Y en parte, también, los dirigentes de otras novelas distópicas como el Fahrenheit 451 de Bradbury, donde, aunque no se presentan explícitamente a los grandes dirigentes de estos sutiles totalitarismos, sí vemos este lugar común del subgénero en las explicaciones del capitán de bomberos, Beatty, quien a diferencia de sus subordinados quemadores de libros “conoce” las exquisitas obras de Sir Philip Sidney, Alexander Pope o Samuel Johnson (aunque sobre ellos se limite a la engañosa fraseología).

[4] La antípoda de las obras distópicas, las utopías en toda regla, por otra parte, en sus pretensiones de uniformidad (como hacen las distopías), no hacen más que confirmar el problema: que toda utopía, conforme avanza el tiempo, se va haciendo una distopía a ojos del hombre venidero. A falta de espacio, mencionaré solamente algunos ejemplos claros de las más conocidas utopías. En La República de Platón, con el examen de derechos humanos de hoy, podemos ver una serie de arbitrariedades en el acceso a magistraturas al que hoy, en teoría, cualquier ciudadano mediante esfuerzo puede acceder; en La Ciudad del Sol, la utopía de Tommaso Campanella, se castiga con la muerte a las mujeres que usan inocentes zapatos con tacón alto y otros similares; La Política de Aristóteles es claramente esclavista, y el esclavismo es una aberración. En la Utopía de Sir Thomas More, la utopía por antonomasia, los cónyuges se eligen con la lógica con que un ganadero compra una vaca: la examina completamente desnuda para asegurarse que no tenga defectos; asimismo, consideran que si un pueblo vecino no tiene la capacidad de explotar los recursos de su territorio, aun ignorando la cultura de ese pueblo (porque se saben excelentes en su organización) es lícito que ellos lo hagan si es necesario con la fuerza (lo que nos recuerda al colonialismo y sus excusas para saquear a otras naciones) y, finalmente, en botón que recuerda los estamentos sacerdotales de los Celtas (donde los Bardos y los Vates, clase letrada, dirigen el espíritu de su sociedad) que más tarde recordará las cosas que conocen los dirigentes del resto de las novelas antiutópicas, también se describe —aunque no de forma clara— una clase sacerdotal en Utopía, a la cual acceden ciudadanos que implícitamente “conocerán” más de lo permitido al llano pueblo. Estos conocimientos, según Rafael Hythlodaeo, se asemejan en gran parte a los avances de la cultura occidental; estos conocimientos, como ocurre en las distopías de Zamiátin, Huxley, Orwell o Bradbury, suponemos, solamente producen tristeza y desasosiegan al hombre porque le hacen pensar; en esa línea, estos conocimientos son enemigos de la felicidad (aunque el fin de la sociedad de la Utopía de More es el ocio para el cultivo del espíritu y no la mera felicidad, alguna relación ha de haber si se analiza bien). Y bien, siendo toda utopía a la larga una distopía, advertido el problema de las épocas, podemos deducir que, en última instancia, conceptualmente es imposible concebir o escribir una verdadera utopía, una utopía perfecta; mas algo queda claro: cuando las utopías y las distopías tornan arbitrario los aspectos que competen a la libertad de elegir, viviremos una falsedad, pues si el hombre no puede elegir, toda sociedad ideal es una ilusión o una imposición.

[5] Citado y comentado en Nueva visita a Un Mundo Feliz, dice: «Nuestros “crecientes trastornos mentales” pueden manifestarse en síntomas neuróticos. Estos síntomas son claros y causan una zozobra extrema. Pero “huyamos –dice el doctor Fromm– de definir la higiene mental como la prevención de los síntomas. Los síntomas no son como tales nuestro enemigo, sino nuestro amigo; donde hay síntomas hay conflicto y el conflicto siempre indica que las fuerzas vitales que luchan por la integración y la felicidad siguen combatiendo todavía”. Donde cabe hallar a las víctimas realmente incurables de la enfermedad mental es entre quienes parecen los más normales. “Muchos de ellos son normales porque se han ajustado muy bien a nuestro modo de existencia, porque su voz humana ha sido acallada a edad tan temprana de sus vidas que ya ni siquiera luchan, padecen o tienen síntomas, en contraste con lo que al neurótico sucede.” Son normales, no en lo que podría llamarse el sentido absoluto de la palabra, sino únicamente en relación con una sociedad profundamente anormal. Su perfecta adaptación a esa sociedad anormal es una medida de la enfermedad mental que padecen. Estos millones de personas anormalmente normales, que viven sin quejarse en una sociedad a la que, si fueran seres humanos cabales, no deberían estar adaptados, todavía acarician la ilusión de la individualidad, pero de hecho han quedado en gran medida desindividualizados».

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

shared on wplocker.com