Cuentos — 15 junio, 2017 at 12:35 am

Marcel Schwob: Los sin cara

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Los recogieron a los dos, el uno junto al otro, sobre la hierba quemada. Sus ropas habían volado en jirones. La conflagración de la pólvora había borrado el color de los números: las placas de metal blanco estaban pulverizadas. Se habría dicho dos trozos de pasta humana. Pues el mismo fragmento afilado de chapa de acero, silbando oblicuamente, les había llevado la cara, de manera que yacían sobre las matas de hierba como un doble tronco de cabeza roja. El médico ayudante que los amontonó en el coche  los recogió sobre todo por curiosidad; en efecto, el caso era singular. No les quedaba ni nariz, ni pómulos, ni labios; los ojos se les habían salido fuera de las órbitas destrozadas, la boca se abría como un embudo, agujero sangrante con la lengua cortada que vibraba y se estremecía. Imposible imaginar visión tan extraña: dos seres de la misma estatura, y sin cara. Los cráneos, cubiertos de pelo ralo, llevaban dos placas rojas, cortadas de forma simultánea y semejante, con huecos en las órbitas y tres agujeros por la boca y la nariz.

En la ambulancia recibieron los nombres de Sin Cara n.° 1 y Sin Cara n.° 2. A un cirujano inglés, que hacía el servicio como voluntario, le sorprendió el caso y se interesó por él. Curó las heridas y las vendó, dio puntos de sutura, realizó la extracción de las esquirlas, modeló aquella papilla de carne, y de ese modo construyó dos gorras cóncavas y rojas, pero perforadas, idénticamente en el fondo, como cazoletas de pipas exóticas. Colocados en dos camas, el uno junto al otro, los dos Sin Cara manchaban las sábanas con una doble cicatriz redonda, gigantesca y sin sentido. La eterna inmovilidad de aquella herida tenía un dolor mudo: los músculos quebrantados no reaccionaban siquiera en las costuras: el terrible impacto había aniquilado el sentido del oído, hasta el punto de que la vida solo se manifestaba en ellos por los movimientos de sus miembros y por el doble grito ronco que saltaba a intervalos entre los paladares abiertos y sus temblorosos muñones de lengua.

Sin embargo, ambos se curaron. De forma lenta y segura aprendieron a dirigir sus gestos, a extender los brazos, a recoger las piernas para sentarse, a mover las endurecidas encías que aún revestían sus mandíbulas cimentadas; disfrutaron de un placer, que se reconoció por sonidos agudos y modulados, pero sin poder silábico: fue el de fumar unas pipas a cuyas boquillas se habían pegado unas piezas ovaladas de caucho para que llegasen a los bordes de la cicatriz de su boca. Acurrucados bajo las mantas, aspiraban el tabaco; y los chorros de humo brotaban por los orificios de la cabeza: por el doble agujero de la nariz, por los pozos gemelos de sus órbitas, por las comisuras de las mandíbulas, entre los esqueletos de sus dientes. Y cada salida de la bruma gris que surgía entre las grietas de aquellas masas rojas era saludada por una risa sobrehumana, cloqueo de la campanilla estremecida, mientras que el resto de la lengua chapoteaba débilmente.

En el hospital se produjo una conmoción cuando una mujercita sin sombrero fue llevada por el interno de servicio a la cabecera de los Sin Cara, y miró al uno y al otro con una expresión aterrorizada; luego prorrumpió en llanto. En el despacho del médico jefe explicó, entre sollozos, que uno de aquellos dos debía ser su marido. Figuraba entre los desaparecidos; pero aquellos dos heridos, que no tenían ninguna seña de identidad, estaban en una categoría particular. Y tanto la altura como la anchura de hombros y la forma de las manos le recordaban sin menor duda al hombre perdido. Pero se hallaba en una perplejidad terrible: de los dos Sin Cara, ¿cuál era su marido?

La mujercita era realmente encantadora: su vestido barato le moldeaba el pecho; y debido a su pelo recogido a la china, tenía una dulce cara de niño. El dolor ingenuo y la incertidumbre casi risible se mezclaban en su expresión y contraían sus rasgos como los de una niñita que acaba de romper un juguete. De manera que el médico jefe no pudo dejar de sonreír; y como era claro hablando le dijo a la mujercita que lo miraba de reojo:

–Bueno, llévate a tus Sin Cara, probándolos los reconocerás.

Al principio ella se escandalizó y debió la cabeza, con un rubor de niña avergonzada; luego bajó los ojos y miró una tras otra las camas. Los dos cortes rojos saturados seguían descansando sobre los almohadones, con esa misma ausencia de sentido que los convertía en un doble enigma. Se inclinó hacia ellos; habló al oído de uno, luego del otro. En las cabezas no se produjo ninguna reacción –pero las cuatro manos sintieron una especie de vibración– sin duda porque aquellos dos pobres cuerpos sin alma sentían vagamente que a su lado había una mujercita muy encantadora, con un olor muy suave y modales absurdos y exquisitos de bebé.

Todavía dudó durante un rato, y terminó pidiendo que tuvieran a bien confiarle a los dos Sin Cara durante un mes. Los trasladaron en un gran coche acolchado, siempre al uno al lado del otro; la mujercita sentada enfrente, lloraba sin cesar con lágrimas ardientes.

Y cuando llegaron a la casa, para los tres empezó una vida extraña. Ella iba eternamente del uno al otro, espiando una indicación, esperando una señal. Acechaba aquellas superficies rojas que ya nunca más se moverían. Miraba con ansiedad aquellas enormes cicatrices cuyos costurones iba distinguiendo poco a poco, como se conocen los rasgos de las caras amadas. Examinaba a uno tras otro, lo mismo que se contemplan las pruebas de una fotografía, sin decidirse a escoger.

Y poco a poco la inmensa pena que le encogía el corazón al principio, cuando pensaba en su marido perdido, terminó por fundirse en una calma indecisa. Vivió como una persona que ha renunciado a todo, pero que sigue viviendo por costumbre. Las dos mitades destrozadas que representaban al ser querido, no se reunieron nunca en su cariño; pero sus pensamientos iban regularmente del uno al otro, como si su alma hubiera oscilado como un péndulo. Miraba a los dos como sus «maniquís rojos», y ellos fueron las grotescas muñecas que poblaron su existencia. Fumando sus pipas sentados en sus camas, en la misma actitud, exhalando los mimos torbellinos de vapor y lanzando simultáneamente los mismos gritos inarticulados, se parecían más a dos gigantescos títeres traídos de Oriente, máscaras sangrientas venidas de ultramar, que a seres animados por una vida consciente y que habían sido hombres.

Eran «sus dos monos», sus hombrecillos, sus dos mariditos, sus hombres quemados, sus cuerpos sin alma, sus polichinelas de carne, sus cabezas agujereadas, sus cholas sin cerebro, sus rostros de sangre; arreglaba a uno tras otro, les hacía la cama, les bordaba las sábanas, les mezclaba el vino, les partía el pan; los hacía caminar por el centro de la habitación, uno a cada lado, y los hacía saltar sobre el piso.; jugaba con ellos, y, si se enfadaban, los separaba con la mano. Bastaba una caricia para que estuvieran a su lado, como dos perros falderos; si su gesto era duro, permanecían agazapados, como animales arrepentidos. Se le acercaban pidiéndole dulces; ambos poseían unas escudillas de madera en las que periódicamente hundían sus máscaras rojas con alegres alaridos.

Aquellas dos cabezas ya no irritaban a la mujercita como antes, ya no la intrigaban a la manera de dos caretas rojas colocadas sobre unas caras conocidas. Decía de ellos: «Mis peleles están acostados; mis hombres pasean». No comprendió que vinieran del hospital a preguntar con cuál se quedaba. Fue una pregunta absurda: era como si le hubieran exigido que cortase a su marido en dos. Con frecuencia les reñía como las niñas a sus muñecas malas. Decía a uno: «Mira, pequeñín, tu hermano se ha portado mal, es malo como un mono –le he puesto de cara a la pared; y no levantaré el castigo si no me pide perdón». Luego, con una risita, daba la vuelta al pobre cuerpo, suavemente sometido a penitencia, y le besaba las manos. También les besaba a veces sus horribles costurones, y acto seguido se secaba la boca, apretando los labios, a escondidas. Y enseguida se reía a carcajadas.

Pero poco a poco fue acostumbrándose más a uno de ellos, porque era más dulce. Fue inconsciente, desde luego, pues había perdido toda esperanza de reconocimiento. Lo prefirió como a un animal favorito, al que se acaricia con más placer. Lo mimó más y lo besó con más ternura. Y el otro Sin Cara se fue poniendo triste, también poco a poco, al sentir a su alrededor menos presencia femenina. Permaneció replegado en sí mismo, acurrucado a menudo en su cama, con la cabeza entre los brazos, parecido a un pájaro enfermo. Se negó a fumar; mientras, el otro, ignorante de su dolor, seguí aspirando el humo gris que exhalaba con gritos agudos por todas las grietas de su máscara púrpura.

Entonces la mujercita se ocupó de su marido triste, pero sin comprenderlo mucho. Él movía la cabeza reclinada en su seno sollozando con el pecho; una especie gruñido ronco le recorría el torso. Fue una lucha de celos en un corazón oscurecido por la sombra; unos celos animales, nacido de sensaciones con recuerdos confusos tal vez de una vida anterior. Ella le cantó canciones de cuna como a un niño, y lo calmó posando sus manos frescas en su cabeza ardiente. Cuando lo vio muy enfermo, de sus ojos risueños cayeron gruesas lágrimas sobre la pobre cara muda.

Pero pronto sintió una punzante angustia porque tuvo la vaga sensación de gestos ya vistos en otra antigua enfermedad. Creyó reconocer movimientos familiares en el pasado; y la posición de las manos demacradas le recordaban confusamente otras manos semejantes, amadas anteriormente, y que habían rozado sus ropas antes del gran abismo abierto en su vida.

Y los lamentos del pobre abandonado le laceraron el corazón; entonces, con incertidumbre anhelante, contempló de nuevo aquellas dos cabezas sin caras. No fueron más que dos muñecos de color púrpura – pero uno fue el extraño – el otro quizá la mitad de ella misma. Cuando el enfermo murió, se despertó de toda su pena.

Creyó realmente que había perdido a su marido; corrió, llena de odio, hacia el otro Sin Cara, y se detuvo, presa de su piedad infantil, ante el miserable maniquí rojo que fumaba alegremente, modulando sus gritos.

 

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En Cuentos completos, Corazón doble, Marcel Schwob, Edición y traducción de Mauro Armiño. Páginas de Espuma, Barcelona, 2015.

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