Ensayos — 19 julio, 2016 at 8:59 pm

Marcel Schwob: El arte de la biografía

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Marcel Schwob

Marcel Schwob

La ciencia histórica nos deja en la incertidumbre en lo que al individuo se refiere. Tan sólo nos revela aquellos puntos que le relacionan con los hechos y acciones de orden general. Nos dice que Napoleón estaba enfermo el día de la batalla de Waterloo, que conviene atribuir la excesiva actividad intelectual de Newton a la continencia absoluta de su temperamento, que Alejandro estaba ebrio cuando mató a Klitos y que la fístula de Luis XIV pudo ser la causa de algunas de sus decisiones. Pascal razona sobre la nariz de Cleopatra, en caso de que hubiera sido más corta, o sobre el grano de arena en la uretra de Cromwell. Todos estos hechos individuales no tienen otro valor que el de haber modificado los acontecimientos o podido desviar su curso. Causas reales o posibles, conviene dejarlas a los sabios.

El arte es todo lo contrario de las ideas generales; sólo describe lo individual, sólo propende a lo único. En vez de clasificar, desclasifica. Al fin y al cabo, nuestras ideas generales podrían ser muy bien idénticas a las que gobiernan la vida del planeta Marte, y tres líneas que se cortan constituyen un triángulo en todos los puntos del universo. Pero examinad una hoja de árbol, con sus nervaduras caprichosas, sus matices variados por la sombra y el sol, la leve henchidura provocada por la caída de una gota de lluvia, la picadura causada por un insecto, la huella plateada de un caracol diminuto, el primer dorado mortal del otoño en cierne; buscad una hoja exactamente igual a ésta en todas las selvas y bosques de la tierra: ¿a que no la encontraréis? No hay ciencia capaz de determinar con precisión el tegumento de un folíolo, los filamentos de una célula, la curva de una vena, la manía de una costumbre, las sinuosidades de un carácter. Que un hombre tenga la nariz torcida, un ojo más alto que otro, la articulación del brazo nudosa; que acostumbre comer a tal hora un alón de pollo, que prefiera la malvasía al Chateau-Margaux: he ahí lo que no tiene paralelo en el mundo. Thales habría podido perfectamente decir, lo mismo que Sócrates: NOO-IEFAYTON, pero no se habría frotado la pierna en la prisión del mismo modo, antes de beber la cicuta. Las ideas de los grandes hombres son el común patrimonio de la humanidad; lo único realmente privativo de ellos son sus singularidades y sus manías. El libro que describiese a un hombre con todas sus anomalías sería una obra de arte comparable a una de esas estampas japonesas en que se ve eternamente la imagen de una menuda oruga vista en una ocasión, a una hora determinada del día.

Las historias no nos cuentan ninguna de estas cosas. En la burda colección de materiales que nos suministran los testimonios de la época, abundan poco los rasgos singulares e inconfundibles. Los biógrafos antiguos son especialmente parcos en ellos. Apreciando tan sólo la vida pública y la gramática, nos transmitieron únicamente, de los grandes hombres, sus discursos y los títulos de sus libros. Fue el propio Aristófanes quien nos proporcionó la satisfacción de de saber que era calvo; y si la nariz roma de Sócrates no hubiese servido para ciertas comparaciones literarias, si su costumbre de caminar con los pies descalzos no hubiese formado parte de sus sistema filosófico de menosprecio por el cuerpo, no habríamos conservado de él más que sus interrogatorios de moral. Los comadreos de Suetonio no son sino polémicas rencorosas. El buen genio de Plutarco hizo a veces de él un artista; pero no supo comprender la esencia de su arte, puesto que imaginó la posibilidad de “paralelos” —¡Como su dos hombres, adecuadamente retratados, y descritos en todos sus detalles, pudieran semejarse!—. Nos veremos, pues, reducidos a consultar a Ateneo, Aulo Gelio, los escoliastas y Diógenes Laercio, que creyó haber compuesto una especie de historia de la filosofía.

El sentimiento de lo individual se ha desarrollado algo más en los tiempos modernos. La obra de Boswell sería perfecta si no hubiese juzgado necesario el citar en ella la correspondencia de Johnson y el intercalar algunas digresiones sobre sus libros. Las Vidas de las personas eminentes de Aubrey son más satisfactorias. Aubrey tuvo, sin duda alguna, el instinto de la biografía. ¡Lástima que el estilo de este excelente anticuario no esté a la altura de su concepción! Su libro habría sido el eterno solaz de los espíritus avisados. Aubrey no sintió jamás la necesidad de establecer una relación entre los detalles individuales y las ideas de orden general. Le bastaba que otros hubiesen consagrado a la celebridad a aquellos hombres que le interesaban. La mayor parte del tiempo, no se sabe si se trata de un matemático, de un estadista, de un poeta o de un relojero. Pero todos ellos presentan su rasgo único, que les diferencia para siempre entre los hombres.

El pintor Hokusai esperaba llegar, cuando tuviera ciento diez años, al ideal de su arte. En ese momento, decía, cada punto, cada línea trazados por su pincel estarían llenos de vida, vivirían por sí mismos. Y, por vida, entiéndase individualidad. Nada más semejante entre sí que los puntos y las líneas: la geometría se funda en este postulado. Pero el arte consumado de Hokusai exigía que nada fuera más diverso y diferente entre sí. De modo parejo, el ideal del biógrafo sería el diferenciar minuciosamente la persona de dos filósofos que hubiese inventado, poco más o menos, la misma metafísica. De ahí que Aubrey, que se atiene exclusivamente a los hombres, no haya alcanzado la perfección, pues es evidente que no supo realizar la milagrosa transformación que esperaba Hokusai, de la semejanza en la diversidad. Pero verdad es que Aubrey no llegó a la edad de ciento diez años. No obstante, es en extremo estimable, y él mismo se daba cuenta del alcance de su libro. “Recuerdo, dice en su prefacio a Anthony Wood, una frase del general Lambert: that the best of men are men at the best[1], de lo cual encontraréis diversos ejemplos en esta tosca y apresurada colección. Así, estos arcanos no deberán salir a luz sino dentro de unos treinta años, más o menos. Conviene, en efecto, que el autor y los personajes (semejantes en esto a los nísperos) se hayan podrido antes.”

Quizá podrían descubrirse, en los predecesores de Aubrey, algunos rudimentos de su arte. Así, Diógenes Laercio nos cuenta que Aristóteles llevaba sobre el estómago una bolsa de cuero llena de aceite caliente, y que, después de su muerte, se encontraron en su casa gran cantidad de ollas de barro. Jamás sabremos lo que Aristóteles hacía con toda esta cacharrería. Y el misterio de ello es tan placentero como las conjeturas a que nos abandona Boswell con respecto al uso que podría hacer Johnson de las cáscaras secas de naranja que solía llevar en los bolsillos. Aquí, Diógenes Laercio se eleva casi a la sublimidad del inimitable Boswell. Pero, en uno como en otro, son placeres bastante raros. Mientras que Aubrey nos lo proporciona como quien dice en cada línea. Milton, nos dice, “pronunciaba la letra R muy dura”. Spencer “era muy bajito, llevaba los cabellos cortos, una breve gorguera alechugada y puños vueltos muy estrechos”. Barclay “vivía en Inglaterra, allá por los años tempore R. Jabobi. Era en aquel entonces un hombre provecto, barbicano, y llevaba un sombrero con una gran pluma, cosa que escandalizaba a algunas personas de costumbres austeras”. A Erasmo “no le gustaba el pescado, aunque nacido en una ciudad pesquera”. En cuando a Bacon, “ninguno de sus servidores se atrevía a comparecer ante él sin que las botas que llevaba fueran de cuero de España; pues inmediatamente percibía el olor del cuero de becerro, que le era muy desagradable”. El doctor Fuller “se absorbía de tal manera en su trabajo que, paseando y meditando antes de la cena, se comía un pan de un penique sin darse cuenta de ello”. Acerca de Sir William Davenant hace la siguiente observación: “Estuve en su entierro; iba en un ataúd de nogal. Sir John Denham aseguraba que era el ataúd más hermoso que había visto nunca”. A propósito de Ben jonson, escribe: “He oído decir a Mr. Lacy, el actor, que solía llevar una capa parecida a la de los cocheros, con aberturas bajo los sobacos”. Véase lo que le llama la atención en William Prynne: “Su manera de trabajar era la siguiente: se ponía un largo bonete picado que le caía lo menos dos o tres pulgadas sobre los ojos, sirviéndole de pantalla para protegerlos de la luz, y cada tres horas, aproximadamente, su fámulo le traía un pan y un jarro de cerveza para refocilar su espíritu; de suerte que trabajaba, bebía y masticaba su pan, y esto le entretenía hasta la noche, que hacía una comida en regla”. Hobbes “se volvió completamente calvo en su vejez, a pesar de lo cual acostumbraba a estudiar, en su casa, con la cabeza descubierta, asegurando que jamás se resfriaba, pero que, en cambio, le costaba gran trabajo el impedir que las moscas vinieran a posársele en la calva”. No nos dice nada de la Oceana de James Harrington, pero sí nos cuenta que el autor, “el año del Señor de 1660, fue enviado preso a la Torre, donde le tuvieron algún tiempo, y más tarde al castillo de Portsey. Su estancia en estas prisiones (siendo como era un gentilhombre de gran ánimo y de carácter arrebatado) fue la causa procatártica de su delirio, o de su locura, que no fue furiosa, pues conversaba bastante razonablemente y era de trato muy agradable; pero dio en la fantasía de que su sudor se convertía en moscas y a veces en abejas, ad cetera sobrius; e hizo construir un pabellón versátil, de tablas, en el jardín de Mr. Hart (frente a St. James Park) para hacer la experiencia. Volviéndolo en dirección al sol, se sentaba frente a él; luego, mandaba traer sus colas de zorra para espantar y exterminar todas las moscas y abejas que pudieran presentarse; en seguida, cerraba las vidrieras. Pero como solamente hacía esta experiencia durante la estación cálida, siempre había alguna que otra mosca que lograba disimularse en las hendiduras y en los pliegues de los cortinajes. Al cabo de un cuarto de hora, poco más o menos, el calor hacía salir de su escondite una mosca, o dos, o más, en algunas ocasiones. Y he aquí que nuestro hombre exclamaba: “¿No estáis viendo claramente que las muy condenadas salen de mí?”

He aquí lo que nos dice de Meriton: “Su verdadero nombre era Head. Mr. Bovey lo conocía sobradamente. Nacido en… fue librero en Little Britain. Había vivido entre los bohemios. Sus ojos saltones le daban un aire picaresco. Podía adoptar la forma que se le antojaba. Hizo bancarrota dos o tres veces. Por último, ya al final de su vida, se hizo librero. Se ganaba la vida emborronando papel. Le pagaban 20 chelines la hoja. Escribió varios libros: The English Rogue, The Art of Wheadling[2], etc. Se ahogó yendo por mar a Plymouth, allá por 1676, de edad aproximadamente de 50 años”.

Y no hay que dejar en el tintero su biografía de Descartes:

Meur. Renatus Des Cartes

Nobilis Gallus, perroni Dominus, summus Mathematicus et Philosophus, natus Turonum, pride Calendas Aprilis 1596. Denatus Holmine, Calendis Februarii, 1650”.  (Encuentro esta inscripción al pie de su retrato por C. V. Dalen.) Cómo hubo de pasar el tiempo en su juventud y por qué método llegó a tanta sabiduría, cuéntalo al mundo en su tratado titulado Del Método. La Compañía de Jesús se glorifica que le haya cabido a la Orden el honor de su educación. Vivió varios años en Egmont (cerca de La Haya), donde aparecen datados algunos de sus libros. Era un hombre demasiado discreto para embarazar su vida con mujer; pero, siendo hombre, tenía los deseos y apetitos de un hombre; de ahí que mantuviera a una garrida moza, de buena condición, a la que amó con constancia y que le diera varios hijos (dos o tres, me parece). Sería más que singular que, procediendo de tal padre, no hubiesen recibido una instrucción cabal. A tal extremo llegaba su sabiduría, que todos los sabios venían a visitarle, y muchos de ellos le rogaban que tuviera a bien enseñarles sus instrumentos (en aquel tiempo la ciencia matemática se hallaba estrechamente vinculada al conocimiento de los instrumentos). Entonces, tiraba de un cajón de la mesa, y les mostraba un compás con una de las patas rota, y a modo de regla una hoja de papel doblada en dos.”

Es evidente que Aubrey tuvo perfecta conciencia de su trabajo. No vaya a creerse que desconocía el valor de las ideas filosóficas de Descartes o de Hobbes. Pero no era eso lo que le interesaba. Por otra parte, como nos recuerda muy justamente, ¿no hubo de exponer el propio Descartes su método a los hombres? Tampoco ignora que Harvey descubriera la circulación de la sangre; pero prefiere anotar que este gran hombre pasaba sus insomnios paseándose en camisa, que tenía una letra pésima, y que los médicos más célebres de Londres no habrían dado un maravedí por sus recetas. Es indudable que, en su fuero interno, considera habernos informado abastanza sobre Francis Bacon una vez que nos ha dicho que tenía la mirada viva y delicada, y los ojos color de avellana, semejantes a los de la víbora.

Hay que reconocer, sin embargo, que no es un artista tan consumado como Holbein. No sabe fijar para la eternidad un individuo por sus rasgos particulares sobre un fondo de semejanza con el ideal. Da vida a unos ojos, a una nariz, a una pierna, al gesto de sus modelos; pero no sabe animar la figura entera. El viejo Hokusai comprendió perfectamente que había que llegar a individuar incluso lo más general. Aubrey no tuvo la misma perspicacia. Si el libro de Boswell cupiera en diez páginas sería la obra de arte esperada. El buen sentido del Dr. Johnson se compone de los tópicos y lugares comunes más vulgares; expresado con la singular vehemencia que Boswell ha sabido pintarnos, adquiere una calidad única en el mundo. Sólo que este pesado catálogo se parece demasiado a los propios diccionarios del Dr.; y, al igual que éstos, podría extraerse de él una Scientia Johnsoniana, con su índice y todo. Boswell no tuvo el valor estético de seleccionar.

El arte del biógrafo consiste precisamente en la selección. No tiene por qué preocuparse de ser exacto; su cometido es crear en un caos de rasgos humanos. Leibniz dijo que, para hacer el mundo, Dios escogió lo mejor entre los posibles. El biógrafo, como una divinidad inferior, sabe escoger entre los posibles humanos el que es único. No debe equivocarse con respecto al arte, del mismo modo que Dios no se equivocó con respecto a la bondad. En éste, como en aquel caso, es preciso que el instinto de ambos sea infalible. Pacientes demiurgos han reunido para el biógrafo ideas, gestos, ademanes, acontecimientos. Su obra se encuentra en las crónicas, las memorias, las correspondencias y los escolios. En medio de este fárrago informe, el biógrafo tría y espiga el material suficiente para modelar una forma a ninguna otra semejante. No es indispensable que sea idéntica a la que fuera creada antaño por un Dios superior, con tal de que sea única, como toda genuina creación.

Desgraciadamente, los biógrafos se han imaginado las más de las veces que eran historiadores. Y nos han privado así de algunos retratos admirables. Han supuesto que solamente la vida de los grandes hombres era susceptible de interesarnos. Pero el arte es absolutamente ajeno a este orden de consideraciones. A los ojos del pintor, el retrato de un desconocido por Lucas Cranach tiene tanto valor como el retrato de Erasmo. No es el nombre de Erasmo lo que hace que este cuadro sea inimitable. El arte del biógrafo consistiría en dar a la vida de un mísero farandulero igual valor que a la del mismo Shakespeare. Es un bajo instinto el que nos hace observar con complacencia la parvedad del esternomastoideo en el busto de Alejandro, o el mechón sobre la frente en el retrato de Napoleón. La sonrisa de Monna Lisa, de la que nada sabemos (¡quién sabe si se trata de una faz masculina!), es más misteriosa. Una mueca dibujada por Hokusai nos sugiere más profundas meditaciones. Y tengo para mí que, si se nos ocurriera tentar el arte en que descollaron Boswell y Aubrey, en vez de describir minuciosamente al más grande hombre de nuestra época, o de anotar las características de los más gloriosos del pasado, habríamos de narrar con el mismo celo las existencias singulares y únicas de los hombres, fueran éstos divinos, mediocres o criminales.

 

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En Arte de la biografía, Marcel Schwob. Trad. de Ricardo Baeza. Jackson, México, D. F., 1968.

[1] “Que los hombres mejores no son, a lo sumo, sino hombres.”

[2] El truhán inglés, El arte de engaitar.

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