La casa — 23 junio, 2017 at 3:08 pm

Las “Vidas breves” de John Aubrey

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Vidas breves

Aunque John Aubrey es un escritor remoto (nace en 1626), probablemente sea el único autor que, siendo ingenioso biógrafo y anticuario, supo ejercer su talento con la finura y la erudición propia de su época sin dejar de exhibir el particular anteojo de un escritor moderno. Si el doctor Johnson decía que hay dos tipos de lectores, los que leen con el microscopio de la crítica, por una parte, y los que leen con el telescopio común del hombre promedio, por otro lado, ciertamente se puede decir de Aubrey lo que en estas palabras corresponde mejor al agudo observador: el que mira con el ojo cotidiano y en tales minucias de la vida sabe encontrar sutilezas que a un biógrafo profesional, por ejemplo, siempre se le escaparían; y también la observación del hombre que, sabiendo lo que debe saber alguien que se precie de tal, ejerce el magisterio de la imaginación lícita en toda obra biográfica.

Las Vidas breves (Ediciones UDP, 2010), obra de absoluto ingenio, está aún vigente para todo aquel lector que ame la buena literatura. No hay obra, en efecto, que además de tener su necesario toque de humor e ironía, no pueda ser leída por cualquier lector, porque la pueden leer y disfrutar todos, pese a que el ramillete de autores seleccionados en este libro sean Descartes o Shakespeare, Burton o Sir Walter Raleigh. De estilo sencillo y ameno, la concisión de sus páginas sabe decir más de un personaje que un engorroso libro de biografía cuyos fines son meticulosos, pues Aubrey supo no necesitar de toda aquella verborrea en prosa y aquel altisonante estilo de su tiempo, logrando un prodigio que, me atrevo a decirlo, pocos autores pueden conseguir, esto es, escribir sobre personajes singulares (o hacerlos merced a su pluma singulares) consiguiendo que vivan más allá de los siglos y que nosotros, hombres del modernísimo siglo XXI, podamos verlos como vemos a otros seres particulares hoy. Sí, las Vidas breves de Aubrey es de las pocas obras capaces de reformular el diccionario y desterrar para siempre de aquél esa incomprendida palabra llamada “anacronismo”, pues luego de este libro un anacronismo no es más que un malentendido de nuestro tiempo.

Hemos de suponer que generalmente las biografías sobre los grandes hombres tienden a deshumanizar el imperio de sus hazañas; que, al mitificar acciones o crear leyendas en que estos conquistan reinos o se comunican con los dioses, no hacen más que falsear una serie de acontecimientos en los que el héroe, hombre al que no vamos a negarle su grandeza, no es sino una torre que consigue hazañas con peones y caballos. Al creer a un personaje de naturaleza divina, en vez de exaltarlo, terminamos por rebajar sus alcances puramente humanos, que es la esfera en la que, no podemos evitarlo, nos movemos y nos moveremos de hoy en adelante. Más el modo de presentarnos Aubrey al “hombre”, con sus flaquezas y curiosidades, escapa ya a ese “culto del héroe” que Carlyle exaltaría más tarde, porque en este método, sincero ante todo, lo primordial no es imaginar que el personaje es grande hasta en sus simplezas, pues no cabe ni es necesario creer que un hombre prodigioso tenga que hacer prodigios hasta en la cocina o en el lecho conyugal. Lo que Aubrey hace es descubrir las particularidades de un gran hombre como las curiosidades inigualables de uno mediano, y eso es lo que cuenta al fin y al cabo. Más tarde otro vate en el género, Marcel Schwob, en su brillante ensayo sobre el arte de la biografía, lo dirá muy a propósito y elevará consigo el género al nivel de las demás artes: “El arte es lo contrario a las ideas generales, porque propende a lo único. No clasifica; desclasifica”. Y eso es lo que hace Aubrey en sus Vidas breves. Veamos cómo escribe por ejemplo sobe la bellísima Venetia Digby (1600-1633) estas líneas: “Murió en su cama súbitamente. Algunos sospechan que fue envenenada. Cuando su cabeza fue abierta se encontró poco cerebro, lo cual su marido atribuyó a su costumbre de tomar vino de víbora; pero mujeres rencorosas dirían que era este marido la víbora, celoso de que se le escapara. He oído a algunos decir –como mi prima Elizabeth Faulkner- que tras su matrimonio redimió su honor con una vida severa. Una vez al año el Conde de Dorset la invitaba a ella y a su esposo Sir Kenelm a comer, ocasión en la cual el conde la observaba con pasión, y besaba sólo su mano.” Y más adelante, informándonos que el mismo Van Dyck pintó cuadros de Venetia Digby, y habiendo también un busto suyo siendo luego fundido el dorado entero de uno célebre: “¡Cómo serían olvidadas estas curiosidades si no fuera por ociosos como yo que las dejan por escrito[1].”

De Sir Thomas More, el autor de Utopía, nos cuenta una ocasión en la que un demente ingresó a su casa dispuesto a empujarlo desde las almenas y, siendo More ya muy anciano, se le ocurrió decirle al demente que lancen a su pequeño perro primero; al hacerlo, persuade al desgraciado para volver a hacerlo, pero una vez seguro, cierra la puerta con llaves y pide ayuda. Hasta ahí, todo bien; más tarde me entero que su excelencia era un asiduo amante y defensor de los animales (y entendí la ironía de Aubrey, el cual, además, se sorprende que no lo canonizaran, hecho que se daría en 1935).

Pero no todo parece jocoso (porque no lo es) en las Vidas breves. Al poeta Milton, al más grande en Inglaterra después de Shakespeare, lo sabe calificar sobriamente. “Leía tanto como escribía”, afirma. O más adelante al pintar su matrimonio: “Dos opiniones no descansan bien sobre la misma almohada. Ella era monarquista. Quizás tengo suficiente piedad con ella como para decir que supongo que no le puso los cuernos: pero a qué hombre (especialmente uno contemplativo) le gustaría tener a su joven mujer rodeada y acosada por los hijos de Marte y aquellos del bando enemigo.” De otro célebre personaje, de Sir Francis Bacon (1561-1626), escribe lo siguiente sobre sus dotes de orador: “Ningún hombre habló jamás con más simpleza, más directamente, más ponderadamente, o padeció de menos vanidad, o menos pereza en lo que pronunciaba.”

La valía de una biografía, en parte, no depende de lo descomunal del trabajo y los años que se le dedica al personaje apreciado, sino al estilo particular que se le sabe dar a las observaciones sobre hechos aparentemente triviales de un hombre. La singularidad de éste, grande o pequeño, obtuso o reflexivo, sabrá relucirse en líneas ingeniosas como ha hecho Aubrey y no quien, no importa tanto aquí la devoción que se pueda tener por el gran hombre, escribiendo sobre un autor en vez de rubricar con su visión de la vida (o sea su estilo) la mirada que se le da a un hombre, termina por perderse entre sus propias líneas revelando solamente los interminables lugares comunes de éste. Por eso las Vidas breves, incluso luego de los siglos, se diferencia y tiene su propio nombre en la historia de la literatura universal; lo seguirá teniendo, es seguro, si el gusto por los buenos libros no desaparece. (Aparición en nuestro idioma que agradecemos desde aquí a la Universidad Diego Portales por editar libros que creíamos perdidos ya en el polvo, pero que vuelven a aparecer gracias a esfuerzos por revalorar obras de importancia universal.)

[1] La edición del libro está a cargo de Andrés Braithwaite, y la traducción a cargo de Natalia Babarovic y Miriam Heard, con el auspicio exclusivo de la Universidad Diego Portales (Santiago de Chile).

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