Extractos — 16 febrero, 2017 at 1:00 pm

Juan Larrea: Videncia del Guernica

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Guernica, Picasso

Ya no nos asombra que el Guernica, pese a su cariz extravagante que a tantos subleva, sea la pintura más célebre de nuestro tiempo. Ninguna otra lo retrata como ella de alma entera y lo define. Y aunque no sea empresa fútil desentrañar su contenido, la intuición de la época, movida por razones aledañas, no ha cejado hasta colgarla en el testero mayor, cara al naciente, de su edificio ilustre.

Estamos con este cuadro lejos, por fin, del mundo platónico y agustiniano de la belleza, que eliminaba de la República a poetas y a pintores por estimar que su arte era una prostitución del pensamiento. La ciudad planificada, achatada, del Rey-filósofo desconocía la inmanencia de la Imaginación Creadora y con ella la de sus órganos de expresión naturales. Desde entonces ha imperado siempre en Europa un régimen de dualidad, lo mismo en las organizaciones teocráticas que en las cesáreas. El eje del mundo, frente al del universo, se limitaba a ser el dislocado de las cosas sustraídas, presuponiendo la existencia de un segundo y complementario término dentro de un orden, de éste para aquél, trascendente. El arte ha sido tolerado como las bellas cortesanas, por el placer que daba a los sentidos, pagado para ataviarse a plano lujo y lujuria, mas siempre que su carne y su alma se subordinaran a los poderes constituidos, religiosos, económicos y últimamente políticos y sociales. Aún después del descubrimiento y conquista de América y de la nominal entrada en escena de la universalidad, el universalismo era para la conciencia europea asunto no de inmanencia sino de forastería trascendente. Apenas hace un siglo que el arte ha empezado a calar en sus problemas de fondo, a estirarse en dirección de sus vértices y paulatinamente a independizarse hasta dar con sus gestas creadoras en este trofeo sustancia del Guernica.

Ha podido ser esto así porque al cabo de siglos de trabajos, frente a aquella aparencial y estática ciudad de los filósofos, de los césares y de los levitas, carente de dimensión vertical, se esboza en el porvenir, dispuesta a erigirse, otra ciudad distinta, la universal, dinámica y cúbica del hombre, flor de Nuevo Mundo y de Ecumene y a medida de su plena plenitud de plenitudes. Poesía y pintura salen entonces por sus fueros a dar la batalla de la Imaginación reprimida, soterrada. Ese nuevo mundo en ciernes es su mundo, aquel que no podrá prescindir de su carga de sueños y de auroras. No son estas artes las llamadas a producir objetos de comodidad material, no a defender ciertas formas de gobierno o demagogia, sino a desempeñar cometidos de universal significado: a establecer por su desnudez una comunicación directa y sin ningún sistema institucional intermediario, ni religioso ni político, entre el ser humano consciente y el alma encendida del mundo, refiriendo el conjunto de todas las cosas a aquella deseable y perdida unidad de la luz que la justicia solidariamente, disolviendo su dualidad raíz por medio del lenguaje que de todas emana, que en todas concuerda y que a todas las traslumbra.

El Guernica es en estos canceles llave maestra y definitiva. En él la pintura muestra ganada la batalla de su libertad y su carta de naturaleza y ciudadanía en la era que surge. Nunca volverá a ser lo que fue, arte de segunda mano de enguantada mano y capirote, como amaestrado halcón, a beneficio de sus felices poseedores. Su vuelo en adelante, referido al cenit, se medirá por la dimensión en libertad de sus alas. Mas ¡qué terrible abismo ha habido que franquear para arrancarse al mundo primero de las apariencias y lograr acceso al aparentemente inexpugnable de las esencias! Nadie como Job lo sabe. Ninguno como aquel que fue “puesto por parábola de pueblos”, que tuvo que perder sus riquezas primigenias y que, sujeto por la tenaza del cielo y del infierno, hubo de retorcerse entre cenizas y prorrumpir en alaridos y maldiciones y llantos, y ser irrisión y escándalo para todos, y sufrir las recriminaciones hipócritas y las llamadas al orden de los sensatos “fraguadores de mentiras” —como la pintura, como la República Española—, para que al fin la Palabra Esencial le hablara desde el torbellino a su hora justa, de manera que en virtud de esa Palabra —que era el Espíritu por él rendido— pudiera pasar a un nuevo mundo más hermoso y opulento que el primero y tan universal, tan cuajado de inmanencias que “podría ver a Dios en su propia carne”.

También la pintura, luego de rematar estas mismas vicisitudes, recobrará, con sus naturales atributos, una abundancia acrecida de tesoros. Mas ilustrada por esta sublime experiencia, su mundo ha de ser el mundo segundo de la Palabra, aquel en que la luz esencial no trasciende desde el exterior sino que le es inmanente al grado de poder contemplar en su propia carne pictórica, fruto de una nueva dimensión, al Verbo divino. En su virtud le será posible registrar el diálogo, en sístole y diástole, entre el corazón y el cerebro universales, de suerte que, como en el laboreo científico, como en el dragado del psicoanálisis, su progresar sea un ir haciendo consciente lo preconsciente en la psique del mundo. Por lo pronto Guernica se llama el bergantín que ha fondeado en esta bahía de nuevas perlas descubriendo las formas universales de un verdadero Realismo. Adviértase que escribimos esta palabra “Realismo” con mayúscula como podríamos escribir el nombre de un nuevo continente. Porque poco tiene que ver este Realismo con el realismo a ras de tierra del siglo pasado, ni con los neo-realismos que hoy se nos ofrecen mejor o peor intencionados —generalmente peor, pues que responden a una visión menguada y cariacontecida de la Vida—, ni con el surrealismo que si aspira a rebasar la realidad de que es oriundo, se contenta con el equívoco de una irrealidad estilística o insignificante que le permita abrir un fuego de escándalo en todas direcciones. El Realismo pictórico, según la lección amorosa del Guernica, ha de maridarse con las muchas caras del prisma viviente y luego con la proyección orgánica de su conjunto. Las formas físicas y los contenidos psíquicos han de conducirse conforme a realidad de manera que su sistema de símbolos permita a la mente penetrar en la esencia imaginaria del hombre y de las cosas, exteriorizando esa dimensión intuitiva de videncia o conciencia que se ha significado tradicionalmente por el ojo inscrito en el triángulo y que aquí viene a justificar las formas trigónicas de que, con razón sobrada, puede, por lo que representan, gloriarse el Guernica. Esto es, la dimensión poética o creadora que permita al hombre crear lo que para exaltación de la especie tiene que ser yendo creado.

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Nada más distante del Realismo que lo que suele entenderse por arte social en nuestros días. Obliga a sonreír, por cierto, la pretensión tan frecuente de que el Guernica es un cuadro de sustancia social materialista por el hecho de haber defendido los valores humanos en esta descuartizante encrucijada creadora. Hasta se quiere hacer de él bandera a favor de determinada demagogia pictórico proletaria. Confusión babilónica. Porque nada más opuesto al concepto en boga de arte político-social que el contenido cósmico y poético del Guernica, el cual comprende al hombre por todas sus dimensiones y costados. Adviértase que Picasso se ha visto incluso desde 1939 en uno de los más ardientes focos de lucha político-social, en la que ha participado activamente como individuo, hasta alistarse en el partido comunista. Pues bien, no ha pintado durante estos años ningún lienzo que pueda catalogarse como pintura social o política. Sigue haciendo pintura humana sencillamente, su pintura, dando a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. Verdad es que, como ya antes dijimos y esto parece venir a confirmarlo, el Guernica no es un cuadro propiamente suyo sino de España, del Verbo hispánico que se ha expresado reveladoramente a través de su pintor genial. Francia en cambio, no ha exigido de Picasso revelación ninguna, tal vez porque no tiene actualmente nada de esta esencial naturaleza que proferir o porque no es Picasso el pintor indicado para hacerlo. Personalmente me inclino, sin vacilar, por la primera alternativa: Madrid fue defendida y desgarrada, París no. Y ¡ay de aquel que en el trance supremo no pierda su alma!

Viene aquí a cuento un detalle sabroso y significativo que pocos conocen y que el mismo Picasso ignora seguramente. A fines de 1937 hubo necesidad de sostener en el Pabellón Español de la Exposición de París una lucha enérgica frente a ciertas autoridades político-sociales españolas empeñadas en descolgar el Guernica del lugar para donde fue concebido y ejecutado. Razones: que era un cuadro antisocial, ridículo, totalmente inadecuado a la sana mentalidad proletaria. Si al fin se consintió que siguiera en su puesto debióse a la consideración pragmática de que, a pesar de todo y dado el renombre internacional de Picasso, la obra ejercía una propaganda inmensa y por temor al escándalo que hubiera significado su retiro.

El contenido del Guernica es incomparablemente más hondo, según ha podido verse, que el que le asignan sus sectarios panegiristas. Lo social, por esencia cuantitativo, es en él sólo un aspecto integrante de su cualidad poético-cósmica. Por ello el Verbo creador ha podido pronunciar en él la palabra clave del fin y del principio, autorizándonos a considerarlo con absoluta propiedad como la pintura broche que real y efectivamente hace época. Ha venido así a revelar caracterizadamente el sentido de los acontecimientos que estamos viviendo, los cuales son, desde cualquier vivencia que se les mire, de fin y de principio: fin de mundo y principio de Nuevo Mundo; fin del occidentalismo y principio de la Universalidad; fin del concepto menguado de hombre y principio del Ser humano; fin del aparencialismo y principio de la Realidad; fin del carcelario trascendentalismo y principio de la libre e intuitiva vida inmanente; fin de un concepto mísero de pintura y principio de una era pictórica nueva.

Sí, principio de una era pictórica nueva. Porque al concluir este despiadado diluvio de fuego que ha arrasado las construcciones del mundo antiguo, podemos ver cómo se dibuja en el horizonte la nueva alianza entre cielo y tierra dentro de la grávida redondez universal del arcoíris que, nuevo ave fénix, se apresta a renacer en paz de estas cenizas guerniquesas más brillante y encendido que nunca; más jardín, más bandera, más divina geometría que nunca; más ufanamente encorvado que nunca bajo su carga de colores; más sonrisa transfiguradora, más palabra en el rostro ojizarco de la vida.

 

 

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En revista Las moradas, volumen II, Nº 5, julio de 1948.

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