Ensayos — 19 marzo, 2017 at 8:43 pm

Joseph Conrad: Turgenev

by

Conrad

1917

 

Querido Edward:

Celebro oír que estás a punto de publicar un estudio sobre Turgenev, (1) ese afortunado artista que tanto ha hallado en la vida para nosotros, y sin duda para sí mismo, con la excepción de simple justicia. Puede que también le llegue en su momento. Quizá tu estudio contribuya a esa consumación. Pues su fortuna persiste, aún después de muerto. ¿Qué mayor suerte podría desear, si no, un artista como Turgenev, que hallar en el mundo angloparlante un traductor que no ha perdido ninguna de las más delicadas y sutiles bellezas de su trabajo, y un crítico que ha sabido señalar y, analizar las elevadas cualidades de ese con simpatía y perspicacia perfectos?

Tras veintitantos años de amistad (mi primera amistad literaria, además) bien puedo permitirme esta declaración, al tiempo que pienso en tus maravillosos Prefacios, tal como aparecían de vez en cuando en los volúmenes de las Ediciones Completas de Turgenev, el último de los cuales surgió a la luz de la indiferencia pública en el año nonagésimo nono del siglo xix.

Con ese año se puede decir, con cierta justicia, que la época de Turgenev había llegado también a su fin; sin embargo, una obra tan simple y humana, tan independiente de las transitorias fórmulas y teorías del Arte, pertenece a «la eternidad», como bien señalas en el prefacio a «Smoke».

La actividad creativa de Turgenev abarca unos treinta años. Desde que dio fin los acontecimientos sociales y políticos se han sucedido en Ruia a ritmo acelerado; pero, sus orígenes profundos en la inquietud moral e intelectual de las almas están registradas en la totalidad de la obra de ese autor, con la certera lucidez característica de un gran escritor nacional. Los primeros escarceos, los primeros atisbos de las grandes fuerzas en juego pueden apreciarse ya en casi cada una de las páginas de las novelas, de los relatos breves y en «A Sportsman’s Sketches», esos maravillosos paisajes poblados de figuras inolvidables.

Ésas jamás envejecerán. Las modas de los monstruos cambian, pero la verdad de la Humanidad prosigue eternamente, inalterable e inagotable en la variedad de sus revelaciones. Si el arte de Turgenev –en la que aquella ha sido captada con tal maestría y amabilidad– es «para siempre» es difícil decir. Puesto que, como tú mismo dices, somete todos sus problemas y personajes a la prueba del amor, podemos esperar que pervivirá por lo menos hasta que las infinitas emociones de éste sean reemplazadas por la exacta simplicidad de la eugenesia perfeccionada. Pienso, no obstante, que incluso entonces las mujeres no habrán cambiado mucho; las mujeres de Turgenev, que lo comprendieron con tanta ternura, reverencia y pasión, esas, por lo menos, son imperecederas.

Las mujeres, bien podemos decirlo, son el fundamento de su arte. Son rusas, claro está. Jamás un escritor ha sido tan profunda y absolutamente nacional. Sin embargo, para los lectores no rusos, la Rusia de Turgenev es como una tela en la que el incomparable artista de la Humanidad deposita sus colores y formas a la vasta luz y libérrimo aire del mundo todo. Si él los hubiera inventado, y también cada leño y piedra, ribazo, colina y campo donde se mueven, sus personajes hubieran sido igual de verdaderos e imponentes en sus perplejas vidas. Les pertenece y son también universales. Cualquiera puede aceptarlos, sin más, como se aceptan los italianos de Shakespeare.

Al juicio mayoritario no ruso, lo que habría de hacer a Turgenev simpático y bienvenido en el mundo angloparlante es su humanidad esencial. Todas sus creaciones, afortunadas o no, oprimidos y opresores son seres humanos, no bestias extrañas de una ménagerie ni almas condenadas que se desbaratan y rompen en pedazos en la agobiante oscuridad  de contradicciones místicas. Son seres humanos preparados para vivir como para sufrir, para pugnar, vencer o perder en el juego infinito e inspirador de perseguir día tras día el futuro siempre en retroceso.

Empecé por llamarlo afortunado, y lo fue en cierto sentido. Pero, uno acaba por tener dudas. El ser tan grande, sin el más leve alarde, y tan fino sin trucos de «ingeniosidad» debe ser fatal para la influencia de cualquiera con sus contemporáneos.

Francamente, no quiero parecer calificado como juez de las cosas rusas. No sería cierto. Las desconozco por completo. Pero me doy cuenta de algunas verdades generales como, por ejemplo, que ningún hombre, cualquiera que fuere la altura de su carácter, la pureza de sus motivos y la paz de su conciencia, ningún hombre, digo, gusta de ser apaleado la mayor parte de su existencia. De lo que se sabe de su historia, parece claro que en Rusia casi cualquier bastón era bueno para aplicárselo a Turgenev en sus últimos años. A su muerte, la autocracia característicamente cobarde se apresuró a introducir su envoltura mortal en la tumba que rechazó honrar, mientras que durante algún tiempo los sensibles revolucionistas siguieron lanzando en pos de su sombra aquellos gritos y maldiciones de los que aquel amante imparcial de todos los paisanos tanto había sufrido en vida. Porque él también era sensible. Cada página suya d[a] testimonio de su fatal carencia de endurecimiento.

Y ahora sufre un poco de otras cosas. En verdad, que no es el convulso y aterrorizado Dostoievski el plagado por la maldición, sino el sereno Turgenev. ¡Piensa! Toda suerte de presentes han sido llevado s a su cuna: absoluta cordura y la más profunda sensibilidad, visión clarísima y responsividad inmediata, penetrante intuición y constante generosidad de juicio, una apreciación exquisita del mundo visible y un certero instinto por lo significante, por lo que es esencial en la vida de los hombres y de las mujeres; la mente más clara, el corazón más cálido y la simpatía más generosa; y todo ello en perfecta medida. Hay suficiente ahí para arruinar las perspectivas de cualquier escritor. Porque, bien sabes tú, querido Edward, que si colocaras al propio Antino en una parada de la feria del mundo, y te dieras muerte protestando que su alma era tan perfecta como su cuerpo, no reunirías un uno por ciento siquiera de gentío que se agolpa abriéndose paso a codazos junto al puesto vecino para ver al ruiseñor de dos cabezas o a un gigante de piernas flacas haciendo muecas a través de una collera.

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  1. «Turgenev: A study.» Por Edward Garnett.

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En Obras Completas V, Notas de vida y letras, Joseph Conrad, Traducción y notas de Carlos Sánchez Rodrigo. RBA Coleccionables S.A., Barcelona, 2005.

 

 

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