La casa — 10 julio, 2017 at 5:33 pm

Jonathan Swift: Instrucciones a los sirvientes

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Swift

De entre las mejores literaturas europeas, la literatura irlandesa ciertamente inserta su particular sátira en las páginas más irreverentes de las letras universales. Aparte la tradición,  Jonathan Swift es en sí mismo un caso particular dentro del ámbito de la lengua inglesa y la política irlandesa. Servidor de Sir William Temple, conoce a profundidad el subsuelo de la sociedad inglesa, sin que por ello conozca menos eso que se llama “alta sociedad”; de ahí que gracias al fruto de su enorme ingenio y talento, unidos a su experiencia, sepa poner en vilo minucias de la sociedad que, vistas con un caleidoscopio, se agranden hasta parecer el motor mismo de la mencionada; de ahí que el ojo de todos los tiempos pueda ver, merced a su observación, la ridiculez de los amaneramientos y la cotidianidad asfixiante de los estamentos sociales. Alguna vez se dijo que Swift fue un misántropo, razón perfectamente entendible si tenemos en cuenta que muchos grandes artistas sirven durante gran parte de sus vidas a hombres inferiores a ellos. Alguien objetará esto con el argumento de la superestructura; mas temo que el tiempo se encargará de demostrar que el arte es anterior a la superestructura. En fin.

El encanto de Instrucciones a los sirvientes (Sexto Piso, 2007) estriba en que, siendo al mismo tiempo un texto que bien podría carecer de argumento (eso que tanto reclaman los teóricos), mantiene la unidad de sus propósitos, los cuales son escritos con el objeto de instruir a las personas del servicio para un rendimiento menos réprobo y más beneficioso para ellos y para sus amos, al tiempo de ser un documento literario de suma generosidad (dado que es escrito por un hombre que no tiene en mucha estima a la humanidad, hecho que en otras circunstancias y contextos, no sorprendería que recomendase el suicidio como la más elemental instrucción, pero ese ya es otro tema). El encanto de esta obra, además de ser breve, está en los detalles y el inexorable humor que nos depara sus páginas. Recomienda su autor a los sirvientes en general, por ejemplo: «No acudas hasta que te hayan llamado tres o cuatro veces, pues sólo los perros acuden al primer silbido; y, cuando el amo exclame: “¿Quién anda ahí?”, ningún sirviente está obligado a ir, porque nadie se llama “Quién anda ahí”».[1]

Y aunque hoy ni los perros acuden al primer llamado, no es menos cierto que en este tiempo se es más sirviente de lo que se cree. Lo roles han cambiado, es verdad; la ilusión de los derechos es una patente del progreso, también lo es; el sistema está hecho para crear menos amos y más sirvientes, no es algo que se pueda negar ni algo que se deba meditar, siempre y cuando todos sean “felices”; pero a comparación de aquellos desgraciados descritos por Swift, ahora la gente tiende a ser, si no sirviente de los sistemas, sí lacayos de sí mismos. Y es el vacío absoluto el que manda sobre los cuerpos bípedos y esta constitución no muy diferente de la del animal. No hay homo sapiens (sería soñar demasiado); hay multitud, hay números y engranajes, hay naranjas mecánicas. Swift recomienda amablemente a la cocinera: «Si un puñado de hollín cae en la sopa y no puedes quitarlo cómodamente, espúmalo bien, y dará a la sopa un sabor muy francés.» «Para ahorrarte tiempo y molestias, corta las manzanas y cebollas con el mismo cuchillo, pues a los señores de buena cuna les gusta que todo lo que coman sepa a cebolla». ¡Cómo aman la cebolla! ¡Y ni hablar de los ahora burgueses y esos genios de la industria! Si el tiempo no apremiara y el mundo no aplastara, algún valiente demente debería escribir toda una filosofía de la cebolla y laudar con eso, menos no se quiere, a esos genios que han mejorado la humanidad haciéndola cada vez menos humana.

Absoluto talento y vigor para soportar la vida. (¡Al fin y al cabo, Swift es un clásico y los clásicos dominan el arte de la vida!) En las Instrucciones a los sirvientes, libro vago pero entretenido (del tipo del entretenimiento laborioso, y no aquel meramente comercial), participan quehaceres que van desde la vieja ama de llaves, el cochero, el mayordomo y el lacayo hasta la típica institutriz de antaño, cuando las señoritas honestamente y pese a las cursilerías que les enseñaban sus madres y esas novelas por entrega del siglo XIX, estaban mejor educadas que ahora en la modernidad con hilarantes feminismos de músculo rancio y pocas ganas de trascender en la cocina y los estamentos domésticos, lugares tan sustantivos para la alegría del género humano. «Di que a los niños les pican los ojos —indica el autor a la institutriz—, que la señorita Betty no se concentra en su libro, etcétera. Haz que las señoritas lean novelas inglesas y francesas y libros de caballerías franceses, y todas las comedias escritas en los reinados de Carlos II y del rey Guillermo, para dulcificar su naturaleza y hacerlas compasivas, etcétera.» Y, deberíamos agregar para nuestro tiempo, que no lean aquellas chapucerías textuales que comienzan con «Buenos días, princesita» o ese tipo de cursilerías que están de moda hoy entre algunas jovencitas, pues a despecho de los tiempos inclusivos, no hay que olvidar nuestra lamentable condición de modernos, y las princesas y las mademoiselles, verdaderamente más instruidas por el esnobismo de la época que estas princesitas modernas educadas en la superficie del tocador, son un genuino anacronismo y un lamento para la posteridad. Tal vez debería volver la antigua figura de la institutriz o la figura de la vieja y noble aya que hizo lamentarse a la misma Tatiana su nueva vida de mundo y sociedad. No caería mal que regrese el piano y el canto… Ah, me olvidaba: los genios de la industria, que según un amigo mío superdotado intelectualmente (eso le dijo un terapista, cosa muy de moda hoy también, aunque francamente no sé el porqué), han logrado que la mujer sea feliz y por eso no debemos incordiar a la gente con bagatelas deprimentes; entonces, ¿para qué el viejo piano, caro y oneroso, además? ¿Para qué tanta novela mal romántica si, aun faltando éstas el gallinero ya está plagado de ilusas Gertys MacDowell?

Sobre el que más se explaya Swift es sobre el lacayo (secretario en otras ediciones), ocupación que conoce perfectamente según sus propias palabras, amén de su postrero honor como deán de St. Patrick y su próxima locura, cosa que ex vi termini lo honra por sobre todo, ya que la locura no es algo que tengan todos, pues se merece. «Retira los platos más grandes y sostenlos con una mano —dice—, para mostrar a las damas tu vigor y la fuerza de tu espalda, pero hazlo siempre entre dos damas, de modo que, si el azar quiere que tires el plato, la sopa o la salsa caigan en sus vestidos y no manchen el suelo. Gracias a esta práctica, dos de nuestros hermanos, honrados amigo míos, consiguieron considerables fortunas.» Y más adelante: «Envejecer desempeñando el oficio de lacayo es la mayor de las vergüenzas; por tanto, cuando veas que los años pasan sin posibilidades de un empleo en la corte, un puesto de mando en el ejército, un ascenso como administrador, un trabajo en la Hacienda, o de escaparte con la sobrina o la hija de tu amo, te recomiendo directamente que te conviertas en salteador de camino, que es el único puesto de honor que te queda. Ahí conocerás a muchos de tus antiguos camaradas, y vivirás una vida corta y feliz, de la que saldrás con todos los honores, para lo que te voy a dar ciertas instrucciones. El último consejo que voy a brindarte se refiere a tu actitud cuando vayan a colgarte […]. Que el mejor escritor de Newgate[2] [deben haber muchos allí] te redacte un discurso. Despídete alegremente de todos tus amigos de Newgate, sube con valor al carro, arrodíllate, alza la vista, lleva un libro en la mano aunque no sepas leer ni una palabra, niega el acto en la horca, besa y perdona al verdugo, y adiós. Te enterrarán con toda pompa; tu fama perdurará hasta que un sucesor de igual fama ocupe tu lugar.»

Instrucciones a los sirvientes, quizá la menos conocida obra de Swift entre sus más reconocidas, no deja de tener aquella sutileza que caracteriza sus bizarros comentarios y el ineluctable toque satírico que marca la cuerda de sus mejores liras. Leer sátira y entender el humor no es tarea sencilla, tal vez por eso Gulliver es el más querido por los inocentes: los niños. A menudo se desvalora y subestima esta modalidad de la literatura y el arte, pero aunque no pura comedia en este caso, un compatriota suyo, James Joyce, hacia 1903, manifiesta que la comedia, en contraposición a la tragedia, es la manera perfecta en literatura, pues mientras la tragedia inspira terror, compasión y respeto, la comedia puede inspirar lo mismo con el aditamento inigualable de la alegría. La felicidad puede ser algo burdo, pero la alegría no. En ese sentido, el trabajo de Jonathan Swift cobra un valor particular si se le observa con el ojo de la comedia y la sensación de la tragedia. No en vano, al escribir sobre el hombre en uno de sus más cortos pero memorables ensayos, lo califica como un utensilio de servidor, herramienta que se desgasta. «En verdad, el hombre mortal es un palo de escoba», manifiesta. Más tarde un escritor escocés, Thomas Carlyle, dirá que «el hombre es un animal con vestido»; pero para Swift no dejará de ser nada más que un palo de escoba: radiante de nuevo, con las pajas limpias y fuertes, hasta gastarse con la intemperancia de la sociedad, al servicio de las criadas, de los mozos y de la cocinera, al servicio del amo… y aunque para bien suyo se vista ocasionalmente con los ropajes del arte, seguirá siendo madera inferior al árbol añejo del que ha salido; aunque el arte salve la nadería del hombre, la decrepitud no es algo que tanto el amo como el sirviente puedan evitar. ¿O quién sabe? Con todo, tal vez por eso mismo el arte es la mejor simulación de la vida. ¿Qué vale por sí misma la vida, después de todo, si el mortal no es más que un palo de escoba?

[1] Traducción para Sexto Piso de Ismael Attrache.

[2] Famosa prisión londinense, presente también en novelas de Dickens y otros escritores.

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