Artículos, La casa — 1 agosto, 2017 at 11:56 am

Escribir cuando no hay necesidad de hacerlo

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0123Desde hace un tiempo, en especial desde que me di a la tarea de “reflexionar” sobre algunos temas (léase, leer menos de lo habitual), me he estado preguntando sobre la necesidad que tienen algunos de explicar un determinado asunto de forma vasta y extensa, hasta el punto de intentar persuadir al receptor/lector, cuando tal disertación podría resumirse en una contundente frase o, como les gusta a muchos, con una sentencia que sea, al menos en apariencia, irrefutable o imbatible. O, en todo caso, y sea errada o no, con una oración que exprese todo el pensamiento que se quiere comunicar, de la forma más sucinta posible. Porque, ¿para qué gastar tantas palabras y aburrir al receptor/lector? La precisión, dicen además, es un modo de la cortesía.

Exhortos como los de Ortega y Gasset, o arrogantes indiferencias como las de Sábato, sobre la abundancia de libros superfluos y la necesidad de solamente tener los necesarios, me hicieron aceptar que hoy, en efecto, vivimos en una época en la que se escribe más de lo que se lee, y de que, pusilánimes como somos, nos jactamos de tener todo a nuestro alcance, cuando en realidad es más o menos al revés: que todo nos alcanza, sí, pero nos subyuga, haciendo que apenas seamos capaces de distinguir lo que tenemos entre manos.

Ponerse a hablar/escribir, pues, sobre un tema particular de forma larga y superficial, y acaso también con poses de omnímodo comprensivo, no hace más que atiborrar -en el caso de los libros- las bibliotecas y los centros de estudio, a la vez que hacer más mentecatos -en lo que respecta a las conversaciones, digamos- a quienes de por sí no aguantan ni quieren concentrarse por determinado tiempo en algo concreto.

Como seguramente se advierte, me refiero a libros y chácharas que, con frecuencia, evitan la profundidad y el desarrollo pertinente de temáticas que sí, que deben tocarse, pero no con las pinzas de la banalidad o la coyuntura, es decir, solamente para el momento. Y es que esto último, aunque útil para conocer cuanto acontece a nuestro alrededor, termina siendo siempre descriptivo y pobre.

Extenderse en una explicación, ser detallistas y desarrollar prolongadas tesis, cuando el caso lo amerita, es apropiado y hasta exigido. Pero cuando se trata de verborrea que compara y rebaja caracteres de cosas esencialmente diferentes, es un despropósito total y suma a esos textos insulsos y vulgares, que a diario nos atosigan y hunden como parte de una época oscura de la humanidad. En este punto, a muchos de nosotros nos gusta creer aquello que pregonaba y, a guisa de presagio, esperaba Virginia Woolf de la literatura: que los libros de relleno se pueden hacer pedazos a sí mismos, incluso en un periodo de dos años, si se ponen en estantes acordes a su importancia.

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