Artículos, La casa — 1 agosto, 2017 at 11:58 am

El racismo de la inteligencia

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El “Peregrino Encantado”, de Nikolai Leskov, trata de un hombre que narra, a veces generalizando y otras detallando los sucesos, todo lo que le aconteció desde su nacimiento hasta su momento actual, a pedido expreso de los pasajeros que viajan con él en un barco. Es un libro bonito, entretenido y sencillo. Fruto, sin duda, de la vida que le tocó afrontar al autor, quien –dice Máximo Gorki en el prólogo– vivió en una de las zonas más atrasadas de Rusia.

Iván Severiánich Fliaguin, el “peregrino encantado” de Leskov, es un personaje que, a todas luces, carece de pedantería, pues no sólo no conoce el mundo y su “profundidad”, o todo el “conocimiento” que se guarda para los más y mejor dotados de la especie, sino que incluso ignora que ello sea importante. Y lo que es más, elogia la rudeza de su condición y la naturaleza instintiva que le domina.

Este carácter, que responde sólo a la circunstancia y a la necesidad, es definitivamente uno que se ha perdido o que, en otro caso, hoy no valdría tener. Y es que ahora es imperioso saber y, además, decirlo; ahora es obligado (¡cuán mal estamos!) exponerlo, ostentarlo. Es decir, que aquella pedantería que antaño conocíamos como una expresión de vanagloria y superficialidad, que llegaba a ser grotesca casi siempre, ha tornado su esencia a lo que Pierre Bourdieu llama “el racismo de la inteligencia”.

Aunque el francés no habla de una transformación o evolución, es evidente que ambas actitudes se relacionan decididamente. «El racismo de la inteligencia es aquello por lo cual los dominantes tratan de producir una “teodicea de su propio privilegio”, (…) esto es, una justificación del orden social que ellos dominan», dice al respecto, en un discurso sobre el tema.

Así pues, y en contraposición a nuestro Iván Severiánich Fliaguin, un pedante sería hoy un racista de la inteligencia (considerando, claro, que éste sea un ser cultivado o, al menos, entendido en materias particulares). Evidenciar este rasgo, después, se haría de innumerables modos, aunque principalmente conversando.

Hasta aquí, quizás mal usando al “Peregrino Encantado” de Leskov, me he referido a un solo tipo de pedantería: el del conocimiento (o ese “racismo de la inteligencia” de Bourdieu). Hay otros más, y peores, como el de estereotipar a las personas por una sola actitud, eventual, que no tiene el más mínimo valor para juzgar a nadie… tener, a partir de ello, la seguridad de que fulano de tal es así o asá, y comportarse de acuerdo a ello, infravalorando o inferiorizando su ser, es sin lugar a dudas pobre y ocioso. Hablar de este tipo de pedantería, sin embargo, es hablar de miserias sin importancia.

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