La casa — 15 junio, 2017 at 11:55 am

Divagación sobre lo romántico y lo clásico

by
Schiller

F. Schiller

La convención literaria tiene por costumbre dividir las escuelas y las épocas en clasificaciones confusas, cual orden que pretende esclarecer la obra literaria, pero el sesgo didáctico no torna menos confuso el valor de una obra ni deja que se entienda mejor aunque no estuviera. La didáctica, que sirve para la pedagogía, no mejora una lectura libre ni genera, mucho menos, algún tipo de verdadera crítica en nuestro tiempo; no hace más que entorpecer el deguste de una obra bajo fórmulas sociales y directrices normadas por otro tipo de convención: lo políticamente correcto (cuando no el mero criterio de un grupo de supuestos especialistas).

Aquellos que definen escuelas no son quienes las crean: son personas interesadas en la clasificación. Así, entre románticos y clásicos existe una confusión no esclarecida ni desmitificada, pues hay escritores románticos que por su excelencia son clásicos y clásicos que, por su romanticismo, no dejan de ser grandes clásicos. Se denomina romántico al escritor que, llevado por impulsos y violencias del corazón, expresa un arte lleno de explosiones emocionales y preocupaciones del hombre individual; se llama clásico al artista que aspira a la imagen bella y bien definida. Y aunque al leer una obra romántica descubramos claramente la belleza de una imagen construida con auténtica maestría, como al leer a un autor clásico encontremos también aquella explosión de emociones, persistimos, merced a la peor cualidad de la didáctica, en tal pueril clasificación que nos engaña una y otra vez. Proust nos enseña que los autores no son románticos ni clásicos, porque ocurre que un autor tenido en su tiempo por el más romántico, tiene como lecturas predilectas las obras más clásicas de la cultura y, en cambio, son los públicos los que son románticos o clásicos, lo cual escapa, sin embargo, al escritor mismo y su obra en sí. En tal aspecto, este razonamiento es exclusivo para el público y la masa. Joyce, por su parte, al disertar sobre un poeta irlandés, nos enseña que el ideal clásico no es sino un estado mental del artista; que el autor más moderno entre los modernos, aun el que siendo contrario a lo romántico y lo clásico pero competente en su oficio, es en potencia un romántico adiestrado con las mejores enseñanzas de la cultura clásica.

Lo paradójico del caso es que los mejores escritores de nuestro tiempo tienden a aficionarse más a lecturas de autores clásicos que a preocuparse de libros recién publicados[1] para ser prontamente autores modernos y románticos, es decir, de su tiempo, ya que nadie, ni el artesano más anacrónico puede evitar ser de su tiempo. Modernos por obligación, por debilidad y por época, no pueden cambiar ya lo que Vargas Llosa instaurara en su grandioso ensayo sobre Madame Bovary y Flaubert: que si la novela romántica estaba llena de antípodas, la novela moderna debía estarlo de seres triviales y mediocres. Románticos por la actitud, por el sueño y por las venas del corazón, seguramente no es fácil que los escritores se desenreden de este nudo, pues ese “los tiempos han cambiado” puede más en éstos que la imaginación. Sin embargo, vemos que un autor de genio no es romántico solamente por la actitud y los temas que tratan sus obras; su trabajo, su actitud y devoción por la literatura es romántica, aunque su obra pueda aspirar al sentimiento y a la belleza arquetípica de todos los tiempos. Del mismo modo, si un autor clásico es clásico, lo es por el romanticismo de su actitud frente al arte y la vida, no porque haya nacido en una época necesariamente clásica. Contra lo que afirmen los hombres y los escritores modernos, Pirandello nos ayuda a pensar mejor la situación del hombre griego respecto del hombre moderno: no por nacer en la época moderna un sentimiento aspira menos a la universalidad que en la época clásica, ni es más hondo un sufrimiento en la modernidad que en la antigüedad (y lo contrario). Y, aunque Pavese exalte el “arte de vivir” de los clásicos en El oficio de vivir para decir que ellos bien saben desaparecer en sus obras, aunque se inculpe de “voluptuoso” y diga que los románticos aparecen como seres informes en su obra, la voluptuosidad de la vida también sabe convivir con el ideal clásico (¡si no, sólo observemos al mejor ejemplar moderno: Joyce! ¡Y a uno de los maestros clásicos: Tolstoi!). De una u otra forma, tanto románticos como clásicos viven trágicamente: ¿Qué artista verdadero no lo hace? El mote de romántico, no visto adecuadamente, es una confusión y hasta una injusticia si pensamos que el artista romántico no vive en comunión con un estado mental clásico permanente; asimismo, la ambigua nominación de clásico no es menos arbitraria confusión que la primera ni más injusta cuando olvidamos el entusiasmo romántico de un clásico. Tal vez baste con el juicio de Sainte-Beuve: que un “clásico” es un autor que ha logrado enriquecer el espíritu humano con su obra. Y así como un romántico es un clásico y un clásico es inevitablemente un romántico (a condición de enriquecer el espíritu humano, claro está), un autor moderno puede serlo en toda ley siempre y cuando no se olvide de los supremos arquetipos y las supremas emociones.

Borges nos reitera la paradoja: un escritor romántico —Poe— formula la doctrina clásica de la literatura como operación de la inteligencia, mientras la doctrina romántica de una Musa inspiradora de poetas es profesada y formulada por clásicos; que en ambos casos, vistas las cosas a la luz de lo antedicho, hay verdad irrefutable. También nos hace notar que por Musa debemos entender lo que los hebreos y Milton llamaron el Espíritu “y lo que nuestra pobre mitología llama hoy lo Subconsciente” (sí, aún en estos días). Más tarde, esperemos no lamentarlo, quién sabe si habremos de hablar para explicar nuestros credos no ya de subconscientes ni superestructuras, sino de aún más pobres herejías contra los dioses, pues la riqueza mitológica que otrora tuviéramos, hoy es empañada por la vanidad y la locura de la razón científica.

[1] A excepción, es seguro, de vanos aduladores gratuitos de obras que publican el compadre o el tradicional ídolo local, como no deja de ser, asimismo, ejercicio recurrente de ídolo a ídolo; en otras palabras, que al parecer sólo saben leerse, comentarse y quererse entre ellos mismos (quienes no son ni modernos, ni románticos ni, mucho menos, clásicos).

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