Ensayos — 10 septiembre, 2016 at 4:16 pm

Coleridge y Montaigne: consideraciones sobre la pedantería

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COLERIDGE: SOBRE LA PEDANTERÍA

«Esemplástico. La palabra no está de en el diccionario de Johnson ni la he encontrado en ninguna otra parte.» ¡Tampoco yo! La acuñé yo mismo a partir de las palabras griegas eis hen pláttein, es decir, “configurar, formar en una unidad sola”. Porque al tener que expresar un nuevo significado, pensé que un nuevo término ayudaría tanto a recordar el significado que le imprimo como a impedir que se confunda con el contenido habitual de la palabra “imaginación”. «Pero eso es una pedantería», dirán. No necesariamente, espero. Si no estoy mal informado, la pedantería consiste en el empleo de palabras inadecuadas para el lugar, el momento y la compañía. El lenguaje del mercado probablemente resultaría tan pedante en la academia, aunque no se califique con ese adjetivo, como el lenguaje académico en el mercado. El hombre común que sostiene que en la disquisición científica no deben emplearse otros términos que los propios de la conversación cotidiana, y sin mayor precisión que en ésta, es ciertamente tan pedante como el hombre de letras que, sobrestimando la formación de su auditorio o desorientado por su propia familiaridad con los términos académicos o técnicos, conversa en el bar con su mente puesta en el laboratorio o el museo, aunque este último pedante, en vez de pedir que su mujer prepare el té, debería decirle que añada a la cantidad suficiente de las hierbas de té el correspondiente óxido de hidrógeno saturado de energía calórica. Empleando la metáfora coloquial (y, ciertamente, algo vulgar), si bien el pedante del claustro y el de la oficina apestan igualmente a gabinete, el olor de la encuadernación rusa de pliegos de aspecto auténtico es menos desagradable que los vapores de la taberna o el retrete. Y aunque la pedantería del académico delate cierta ostentación, no obstante creo que una mente sensata toleraría más fácilmente la cola de zorro de la vanidad erudita que la desfachatez de la ignorancia satisfecha, que encuentra un mérito en la mutilación consolándose con el desprecio por la pomposa admiración por las colas.[1]

MONTAIGNE: LA PEDANTERÍA

Siendo niño me irritó con frecuencia ver en todas las comedias italianas a un pedante haciendo de bufón[2], y el nombre de magister [maestro] no tenía un significado mucho más honorable entre nosotros. En efecto, si me habían entregado a su gobierno, ¿qué menos podía hacer que velar por su reputación? Yo trataba de excusarlos por el desacuerdo natural que se da entre el vulgo y las personas singulares y sobresalientes en juicio y en saber, pues unos y otros siguen caminos enteramente contrarios. Pero lo que de ninguna manera entendía es que los hombres más refinados fuesen aquellos que más desprecio les profesaban, como prueba nuestro buen Du Bellay:

Mais je hais par sur tout un savoir pédantesque.
[Pero odio más que nada el saber pedantesco].

Y se trata de una costumbre antigua, pues Plutarco dice que “griego” y “escolar” eran palabras de reproche y desprecio entre romanos.

Después, he descubierto con la edad, que tenían muchísima razón y que magis magnos clericós non sunt magis magnos sapientes [los más grandes doctos no son los más grandes sabios]. Pero todavía tengo dudas acerca de cómo puede suceder que un alma rica por el conocimiento de tantas cosas no se vuelva más viva y más despierta, y que un espíritu zafio y vulgar pueda albergar en su interior, sin mejora, los razonamientos  y juicios de los espíritus más excelentes que el mundo ha dado.

Al acoger a tantos cerebros ajenos, y tan vigorosos, y tan grandes, es necesario —me decía una muchacha, la primera de nuestras princesas[3], hablando de alguien— que el propio se comprima, se contraiga y achique para dejar sitio a los otros. Me gustaría decir que, así como las plantas se ahogan por exceso de agua y las lámparas por exceso de aceite, lo mismo le ocurre a la acción del espíritu por exceso de estudio y de materia. Ocupado e impedido por una gran variedad de cosas, perdería la capacidad de desenvolverse, y tal peso le mantendría corvo y encogido. Pero no sucede así; el alma, en efecto, se ensancha a medida que se llena. Y en los ejemplos de la Antigüedad se ve, por el contrario, que los hombres hábiles en el manejo de los asuntos públicos, grandes capitanes y grandes consejeros en las cuestiones de Estado fueron a la vez muy doctos.[4]

 

 

[1] Se refiere aquí Coleridge a la conocida fábula de Esopo sobre la zorra que, habiendo perdido su cola, acudió a una fiesta en la que las demás zorras ostentaban orgullosas las suyas e intentó persuadirlas de que resultaba incómoda y convenía amputarla.

[2] El “pedante” es en principio el maestro de escuela.

[3] La princesa mencionada puede ser Margarita de Valois, reina de Navarra, o Catalina de Borbón, hermana de Enrique de Navarra.

[4] Dado que la “pedantería”, como se ha visto, se concibe diferente a lo largo del tiempo, no vamos a decir nosotros ni nadie la última palabra sobre tal cosa; que la definición humorística de Coleridge, por ejemplo, tiene más que ver con los desaciertos y ridiculeces del empleo del lenguaje docto en diversos ambientes que con lo que es; que la forma en que Montaigne concibe la pedantería, a su manera, como exceso innecesario de saberes, es un apartado diferente al del poeta inglés; pero tenemos que aclarar sobre lo que podría pensarse de Coleridge, y siendo justos ver que un simple repaso de la historia de la literatura nos demuestra, obviando lo que Hazlitt pueda decir de la ignorancia de los doctos o Gasset de los “sabios ignorantes”, que ciertamente los grandes poetas y artistas también supieron ser grandes eruditos, o que la erudición no es un obstáculo ni es perjudicial para la sabiduría y el arte. “El saber es el principio y la fuente de escribir bien”, nos dice Horacio. Y Coleridge, que explica las razones prácticas de sus neologismos, fue poeta de vastísimos saberes como hombre de profunda meditación poética. [Nota del que sube los textos.]

 

______________
En Biographia Literaria, Samuel Taylor Coleridge. Trad. de Gabriel Insausti. PRE-TEXTOS, Valencia, 2010.

Los Ensayos, Michel de Montaigne. Trad. de J. Bayou Brau. Acantilado, Barcelona, 2011.

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